El Marginado y Otros Relatos

LITERATURA CON ALTO CONTENIDO DE OCTANAJE

La historia es una rueda viva implacable y de tiempos en tiempos,  la barbarie surge para enseñar que las alcantarillas y sótanos regresan y están invocados y convocados a asustarnos.  Y están en tiempos así de tenebrosa acecha y violencia que la Arte, sobre todo la literatura, generalmente nos regala espejos que reflejan el horror es  muchas veces naturalizado, y por veces aplaudido, por la sociedad.

Es el caso de este libro que tienes ahora entre tus manos, que sale a la luz en medio de la explosión de una ola reaccionaria, estúpida y brutal , en la que la idiotez y la destrucción de todo lo público son los trofeos utilizados. en el altar del dios mercado.

En los nueve cuentos aquí, el lector es abofeteado por un texto contundente, sin posibilidad de finalizar la lectura como si nada estuviera ocurrido, es literatura de elevado contenido  de octanaje, les dijo de verdad.

Es bueno decir que el libro aporta mucho sobre su autor y sus vivencias y facetas, Vicente Portella es poeta, activista político y articulador cultural. Además de ser elogiado como letrista por su fuerte conexión con la música, su segundo libro de poemas, Luz da Sombra, por ejemplo, tenía varios textos que se transformaran en música de la  mano de  varios compositores.

Se le reconoce como dueño de una pluma poderosa y apasionada desde los días en que era, de niño, director de prensa del Sindicato dos Urbanitarios, en la época de los más grandes del Estado de Río de Janeiro.  En lenguaje callejera es un crack.

En el campo de la  prosa viene  madurando su texto desde su primera novela, Os Anjos do Pé Sujo (2005), a través de Prosa Delirante, una novela de muy alto calibre, estrenada en 2016, y a través del libro de cuentos, Sensaciones, en el mismo año.

En este Paria y otros cuentos, Vicente apunta su escritura con codicia, deformada y cruda, al presente del país, ese presente tan lleno de pasado y tan arriesgado de futuro. La charla aquí no es de florituras y concesiones, es literatura de purga e invocación, sin mal entendidos, los relatos son casi como palmadas en la espalda y pseudo- neutralidad.

Escritos con ira santa y vigor martilleante, los textos se unen y forman un panel muy crudo y molesto sobre las vidas de las personas pobres de este país brutalmente desigual. Las favelas, los callejones de la región de la  Baixada Fluminense, los monstruos, los trabajadores, el crimen, el látigo de la supervivencia, los momentos tiernos en medio del infierno, la prensa venal, el desamparo, la piqueta, el lacayo político del poder, la desesperanza. Situaciones límite, personajes contundentes, muchas veces acorralados por la nefasta y sumaria “maquina de moler gente”, como nos definió el maestro Darcy Ribeiro, referencia importante para el autor, por cierto.

El libro llega en un momento oportuno, donde realmente estamos necesitados de pequeños sobresaltos para despertar fuerzas de reacción en medio de estos ominosos alientos de la bestia del fascismo que nos acecha.

Así que, sin más preámbulos, sumérgete en la comodidad y que el Arte te acompañe. Y que ella nos salve o al menos nos traiga un respiro más que necesario en estos tiempos de furia e incertidumbre.

 

 

Heraldo HB

febrero 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MANDA QUIEN PUEDE                                                               

EL EN NOMBRE DE DIOS                                                            

EL SECRETO DEL DOLOR                                                            

EL SUPERHÉROE NEGRO Y POBRE                                           

EL MARGINADO                                                                         

UN RELATO PARA NO SER LEÍDO. NUNCA MAS.                    

EL PODER DEL MONSTRUO                                                      

PIJA                                                                                                

EL FOLLONERO                                                                           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MANDA QUIEN PUEDE

La sangre está allí, corriendo por la acera. El coche destrozado, todo pinchado, acribillado a balazos. Los cuerpos están allí. Caídos. Sufridos. Muertos. La policía está allí.  Paseando por la acera, fingiendo ser un gato con ganas de coger ratas . Ahí también hay gente. Ojos saltones, morbosos, desilusionados. Todos esperando su turno en la enorme cola de la locura. Quien anda por la calle sabe quién mató, quién murió, quién mandó y quién fingió creer en todo.

Gente que pasa, pasa, pasa, recopilando datos para construir los cimientos sólidos de una inverosímil pendiente de la memoria.

En la oficina criminal, la demanda es fuerte. Es difícil. Es cosa de Lucifer. Es enganche en el gas , enganche en la electricidad, enganche en la internet. Es un cadáver, es inmobiliaria. Es casi cualquier cosa con tal de que gane dinero. Innumerables órdenes de producción de cuerpos, asesinatos. Muertes por la ganancia, por vanidad, por poder, por nada. Por el placer de imponer una voluntad. Por el amor al dolor, por el gusto al sufrimiento, por la mera mercantilización de la vida y la muerte. Por la ausencia más absoluta falta de lastro. Porque si puede y ya está.

Porque la vida es una tontería y la muerte está muy bien pagada.

Todo pesa. Todo a la vez. Todos los días hay gente muerta por todos los sitios.

Hay gente que pide, gente que suplica, gente que paga para ser explotada. Gente que adora el dolor y ama el poder. Gente que muere y gente que mata. Gente que halaga la matanza.

Gente que ama el matador. Gente que, aparentemente, odia la vida y nada más.

Es el tipo del almacén que atrapó a los chicos robando helados en el congelador, en la puerta de la tienda. Tonterías. Niños haciendo arte. Pero el rigor para los más pobres es proporcional a la obediencia de los más ricos.

– Cuneta, quiero cuneta. Esos mocosos no valen nada”.

Tiro en la cabeza.

Está bien pagado, es cuneta. Un niño es barato. Nacen como ratas, y siempre hay mucho para poner en su lugar. Mata. Cuneta sin oración, sin vela y lloro. Quien manda paga.

El sujeto de la farmacia también quiere seguridad. Tiene miedo a los traficantes. Droga versus droga.

Esta gente demoníaca trae problemas, perturba el vecindario. Lleva al perjuicio. Chicos malos. Podridos. Fuman hierba, crack. Beben aguardiente. Hacen un lío. No obedecen a los dioses ni a los pastores. No conservan su lugar en el cielo. No sirven para casi nada.

Cuneta. Ponle una bala que esa gente huyen. Coronel ordenó mandar tiro, y quien manda, claro, siempre paga.

Armas, muchas armas. Viene de todas partes. Soldado, agente, detective, gobernador, sargento de la milicia. Viene por  la frontera. Viene de la funda de la policía. El tiro en la desgraciada carne se da para pagar la bala. Es dinero. Es solo dinero. Más nada.

Le quita el dinero al vendedor ambulante, al vendedor de baratijas, al chico de la mercería, al chatarrero, a todo lo que se mueve.

Ellos toman dinero de todos. De lo que es serio y de lo absurdo. Quien gana dinero, paga.

A veces,  llega el jefe distribuye nuevas ordenes.

— Quinta tienda  ahí abajo, calle izquierda, carnicería, puerta baja. Llega y se lo lleva todo. Le pega un tiro, dispara, asa el cuerpo y lo tira a la calle.

Nosotros vamos allí y masacramos. Quema y lo tira donde sea, en la madrugada. Y confisca. Llévate carne, nevera. Mujer e hija bonita. Llévate las cortinas de la sala, desmantela toda la casa, roba todos los muebles, las almas de los padres, que se quedan. Y el sueño de los abuelos. Llévate todo de la familia, para siempre.

Sí el jefe ordenar, nosotros destruiremos.

Y luego saca los dientes para que nadie sepa quién muere.

E cobra aquí, ahí. Todos los días tiene cobro. La vieja de la floricultura, el dueño de la panadería, el portugués del bar. Todos pagan entrada para ver el show de la desgracia de la favela.

Es el río de dinero que corre pleno y constante en la esquina de la acera.

Hasta el muerto, allá, paga, si no paga, vuelve a morir.

El dinero es para quien esta a cargo. En el palacio, cada bala vale más que lo que se oculta y se apaga.

Es el orden. Es ley es orden, pero solo de la cintura para abajo. Arriba está la ley de los señores, abajo está la ley del perro.

A veces la guerra es feroz. Ni siquiera tiene el dinero.

Es solo la voluntad de enseñar a los pobres del mundo quien manda. Son vagabundos ignaros haciendo su fiesta.

Un joven estaba saliendo con una chica, en casa, todo bien. Un Cabo quis la mujer. Por nada. Cabo de la milicia. Solo quería llevarse a la mujer del chico. Fue una guerra. El tipo también era de la milicia. Soldado, pero de fuera de la favela. Fue tiro por todos los sitios.

Los milicianos quedaran molestos por la afrenta del hombre, ametrallaron toda la casa. Mataron al padre de la niña. Hermano, amigo del alma. Prendieron fuego a la tienda. Expulsaron los clientes. Juraron muerte a la loca a cualquiera que no se callara ante la trama.

Y el chico, el novio, juró vengarse de su amada. Reunió los amigos. Armas de todos tipos. Pistola, rifle, revólver, bazuca, tanque, granada. Fue un infierno en la favela. Bala rugiendo en el oído, matando madres y niños. Explosiones. Cuerpos subiendo y bajando el barrio, atravesando las casas.

La mujer terminó muerta. Disparo en el ojo, en la cabeza, en la nuca, en uno de los pechos. El soldado se transformó con el odio. Más balas sobre las casas. Explosiones repetidas. Policía versus policía, milicia versus milicia, bandido versus bandido, y el pueblo allí, muriendo en masa.

El jefe muerto por un lado, el soldado muerto por el otro. La mujer, pobre, muerta. Familiares, amigos, ciudadanos, desprevenidos.

Pero pronto llegó el cambio de guardia. Cada muerto con su destino, su miseria, su uniforme, sus odios y sus picardias.

Todos los perros conocen onde se ladra.

 

El General de la Policía, el hombre que ordena, mandó los sustitutos y todo se resolvió. Nueva dirección. Nuevos cuadros. Nueva estructura. Nuevo organigrama. Nuevos crímenes para el Estado.

Después de barrer los cuerpos, limpiar los espacios, nombrar los nuevos, no quedó un solo día sin el cobro por los servicios , sin extinguir más seres vivos, sin obtener resultados.

—Es la economía,  dijo el General. La economía tiene que correr. El dinero no puede parar. Es el mercado.

El General empezó a venir todos los días. Al principio por la noche, casi solo para sacar el dinero. Luego regañaba  los reclutas. Daba órdenes, guiaba. Recibió el saldo, quién pagó o no pagó. Estipuló las correcciones.

Un tiro en la mano de uno, una paliza en el otro. Difícilmente ordenaba matar. Fue considerado piadoso.

A medida que pasaba el tiempo, estableciéndose, perdiéndose en la normalidad. Y todo se volvió más suave. Era casi siempre palizas, y solo cuando el dinero no llegaba.

Los reclutas quedaran furiosos. Querían más dinero, más fuerza y más acción. Pero casi no dijeron nada. Cotillearan. Para elles, el General era flojo, dejaba ir las cosas.

Sin terror no hay orden, sin miedo no hay desesperación. Sin fuerza, no hay poder.

Llamaron el Concejal  y hicieron una denuncia. Se quejaron al diputado. Fueron a quejarse a los caciques, a los obispos, a todos los comandantes por encima del General. Les prometieron más dinero. Más votos. Más obediencia.

—¿Y el soldado? Si aparece otro soldado que pasa en nuestra ubicación. Tuve que remover a dos delegados y perder algo de dinero para el agente de la Policía Federal. Ni siquiera nuestro juez pudo ayudar. Fue sangre. Baño de sangre. Perdí dinero para la prensa también. Guerra de criminales, dio en la portada. “Nosotros quien contenemos todo”. Dijo el Concejal.

Pero nadie contuve nada. Salió mal. Una concejala cabreada y fuera del contexto, llamó a la gente, prendió fuego al juego. Hizo un alboroto, hizo un gran ruido. Le puso el dedo en la cara al señor de los pasajes, de Dios, Jehová, Jesucristo, del General de las milicias, de la cúpula que mandaba matar al pueblo por dinero.

Llamó a la prensa y todo, toda gente. Periodistas, cotilleiros, columnista de baja categoría, youtuber de internet.

La mujer hizo un alboroto. Era una negra embrujada.

El diputado tuve miedo. Lo concejal quedó mal.

El concejal loco batía en su propio pecho y juró su venganza. Fue un motín.

La señora reunió,  en rebaños, gente de todo tipo. Desempleados, peones, gente que ni come, muchos dueños de chozas, gente que se muere gratis. Analfabetos, hambrientos, enfermos y desdentados. Gente sin esperanza, O lumpen. Los que no aparecen en las brillantes análisis de los manuales de economía ni en las reglas del mercado.

La mujer reunió a la gente en la puerta de las redacciones. Ella desafió. Fue un problema. Expuso a los maestros de la muerte, los gusanos y sus jefes. El General piadoso, el Diputado ardiloso, los señores de las armas.

Un día, en medio de una noche, en la calle cerca del samba, llegaron balas, abyectas. Atravesaron las láminas de acero del coche, perforaron las telas de los asientos, destrozaron los espejos retrovisores y se enterraron en la carne de la mujer y de su amigo, que conducía el vehículo.

Un mogollón de balazos. Más vidas tiradas, ahí, en medio de la calle, en medio de la noche, al pie del morro pobre. En la cuna del carnaval.

La ciudad alborotada salió a las calles a protestar. Zona Sur, Centro, Gamboa. Zona Norte, favela, guetos. Gente sola, llorando angustiada. Gente exigiendo culpables. Y el Concejal jurando justicia por la tele. El gobernante orando, rodeado de mil pastores, predicando contra los pecados y provocaciones de los muertos. Los cuerpos allí, perforados para el mundo todo ver.

Pasaron las horas, pasaron los días. Pasaron los meses, pasaron algunos años. El tiempo, las cosas, el acontecimiento, todo muy despacio, deslizándose y pasando. El mundo arrastrado, en el barro y en los horrores de un enorme engaño. Policía investigando cosas haciendo para que conste. Recluta inventando drama, historia y testimonio. El papeleo acumulando y el delegado ocultando información a la audiencia. Bandidos protegiéndose y esparciendo veneno.

Era Beltrano, era Sicrano, era un guarda carros. Eran balas perdidas, todas ellas. Todo fue por una pelea. La señora no tenía miedo. Era solo una venganza de la biblia. Era

Dios castigando a hombres y mujeres herejes. Fue solo un breve descuido. Era el jefe de la nación.

Hasta el miedo, silencioso ante tanto, se convirtió en grito. Delegados y agentes. Detectives, inspectores. Investigaciones rigurosas. Diputados, Senadores. Presidente, gobernantes, todos buscando el coche, los muertos vivientes, las balas. Los agujeros en las paredes, las trayectorias, las cámaras, los colores del asesinato. El sexo de cada muerto, los ángeles, la fe, la rebeldía, los placeres de los muertos, el comportamiento infame. La forma de amar, los hábitos. Los pecados practicados, la forma de ser insurgente, el aliento. Nada siendo revelado y el tiempo allí, gritando.

La mujer y su amigo, los muertos. Cadáveres insepultos. Muertos plenos, conscientes. Dos más, tres más, quinientas más, más muertes por encargo siguiendo las moda del momento.

Es más poder de negociación. Más votos. Mayor dominio del vicio sobre los poderes del Estado. Cuanto más mata, más crece. Más dinero. Más confiable se vuelve para los dueños del poder. Para los señores de la muerte, dueños de vida humana, dueños de los colosales edificios que caen sobre las cabezas de los ciudadanos que transitan por las favelas del mundo.

Son hombres con poder, muertos por dentro, entierran todo lo que está vivo.

Los  que dan órdenes a todos los sirvientes, que les obedecen ciegamente.

—        El hombre mandó, matamos, destroza al individuo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL EN NOMBRE DE DIOS

Un aire pesado cae sobre el salón. Rocas. Un aire pesado como rocas. Caliente, muy caliente. El alcalde habla, el gobernador grita, los diputados rugen. Las palabras se arrastran por las paredes, se arrastran, se escapan de los puñales en la mano y se pierden, se tiran por la ventana abierta, se confunden con el ruido que viene de la calle. Silbato, sirena, gritos de gente.

—        ¡Arrepentirse! Grita el pastor. ¡Arrepentíos!

La gente corriendo por todos lados y grita, grita, protesta. La policía golpea al pueblo, el pastor reza por el señor y el gobernante grita aún más .Casi normal. Casi rutina.

Afuera el ruido. Mucho ruido. Viene una pandilla, enfadada, cargando unos trastos, un sofá enorme, y lo tiran frente al ayuntamiento. Queroseno. Fuego.

—        Tira, tira al fuego, tira todo lo que pueda servir de combustible. Plástico, papel, condón, madera.

La gente acepta la sugerencia y tira todo. La llama asciende desesperada por las paredes del edificio.

—        Llama del Infierno, habla el pastor.

—        Fuego de Dios, le habla el sujeto que protesta.

—        ¡Dios mio!¡ Dios mío! Grita la beata.

Las personas expulsadas de sus hogares vigorizan la ira. Las chozas eran solo chozas. No tenían nada. Luz sin licencia, sin  agua, sin  radio. Charco en la puerta de casa. Charco de las alcantarillas. Charco de mierda.

Niños jugando a la mierda, y ellos, los dueños del mundo, creyendo eso era demasiado.

—        Es gratis —grita el rico— hasta la mierda es gratis para ellos.

El pueblo sin dientes y con rostros deformados por las desgracias reaccionan desesperadamente. No es hogar, es abrigo. No es ni abrigo, es un arremedo de capullo solo para que no diga que vive en la calle. Es la penuria. Solo penuria. La madre no aguanta sostener el hijo en el colo, porque no tiene de comer, y el hijo no puede abrir los ojos.

—        Es  poca fe, habla el pastor.

Dios sabe lo que ha hecho, Dios sabe lo que hace, Dios todavía sabe lo que está haciendo. Dios está al lado de la calle. Esperando. Cuando todos son expulsados, golpeados, asesinados, expulsados, profanados, aniquilados. Dios viene a tomar su parte

Menudo terreno. Gran. Enorme. Se puede construir diez edificios. Pisos gigantescos. Garajes, bares, restaurantes, mercados. Dinero, mucho dinero.

—        Corre, corre, saca la gente de aquí, grita el líder espiritual.

La gente junta piedras, baldes, botellas de plástico, restos de basura, trastos y quema todo. Pone mas  fuego. Más cosas. Más. Todo que queme. Desde que arda y haga humo. Desde que amenace explotar los pulmones de los doctores, hijos de perros, que quieren robar la tierra de las personas miserables.

Arde, quema,  asfixia, duele. Ojalá que duela, al menos eso. Dolor. Ellos  merecen dolor.

En el salón cerrado, los doctores  se desesperan. El fuego derrite la ventana. Entra el humo. El olor del hambre entra por la ventana. Olor a pobre, podrido, muerte, azufre.

Un médico se desmaya de miedo fingiendo estar asfixiado por el humo.

—        Flaco, le grita  uno de sus compañeros.

—        En este juego de vosotros, solo tiene flojos.

Piden llamar por el pastor.

—        Corre, pastor, corre.

Oración urgente para contener la ira del pueblo. Para domesticar  la multitud, para callar a la plebe ignara.

—        Son solo casas. ¿Por qué esta gente quiere un hogar? En la calle se puede vivir muy bien. Tiene puente, marquesina. Viaducto. Tiene muro con cobertura de parada de autobús, los niños poden quedar allí bien. Dice el alcalde.

—        Háblales el pastor. Vete allí y  ora.

—        Llama a Dios, llama al Demonio, llama al diablo más cercano, pero saca a esta gente de aquí. Los regaña, amenaza, dice que los va a mandar al infierno. Que Dios va acabar con ellos.

—        Anda, pastor, camina y habla.

La gente trepa por las barandillas exteriores del edificio. Fuego. Algunas personas se caen. Gritan. Mujeres descompensadas maldicen a los sabios que se esconden en el salón. Los niños se ríen. Tiran piedras, maldicen. Corren en medio de la multitud, entre sus piernas, por el medio del dolor, por los dramas de los adultos.

Los niños no saben de nada. O todo saben. No lo sé.

—        Corre, pastor, corre. Pide a Dios que intervenga en esta desgracia. Grita un vasallo del alcalde.

La gente sigue dentro del edificio. Fuego. Los soldados se concentran en el fuego y se olvidan de las puertas. Se produce la invasión. La gente sube las escaleras internas. Enfado. Más gritos. Más fuego. Sangre. Hay sangre en la calle, en las manos, en los ojos de la gente sen hogar. Sangre en los ojos del pueblo  expulsado, golpeado, del pueblo enfadado cuyos hijos juegan en la zanja sucia. Se revuelcan en la cloaca. Se acuestan y juegan donde hay foco de enfermedades. Tiene sangre en los ojos de la escoria.

El pastor reza. Recita amenazas bíblicas a la gente. Hijos de Jehová, de Adán, de Abraham. Hijos de puta.

Sufrirán la santa ira del Dios del dinero. Hijos del caos. Endemoniados que no se acomodan, que lo quieren todo. Que quieren tomar lo que es de los ricos, el reino de Dios, los señores del templo. Que quieren subvertir el poder divino y arrancar la corona de las benditas cimeras.

—        Herejes. Herejes. Hijos del diablo.

La gente llama a las puertas del salón cerrado. Golpes. El sonido se desborda. Gritos. Amenazas.

—        Abrid la puerta cabrones, grita un hombre del pueblo, todavía fuera.

—        ¡Reaccione, pastor, reaccione!—exige el alcalde.

—        Quiero a Dios aquí para poner a esta gente en su lugar. Quiero a Dios ahora. Llámalo aquí, pastor. Llama.

—        Eres un hombre de Dios, bastardo. Has ganado todo y no has dado nada hasta ahora. Sostén a la gente. Aguanta la gente. Segura el caos. Vete. Llama a Dios. Exige. Quiero su presencia aquí, ahora, para quemar a estos locos con el fuego del infierno.

Sin Dios, no hay edificio, no hay lujo, no hay condominio, no hay piscina. No hay hijo miserable que te lleve whisky. No hay hija de pobre te sirviendo en la cama. No tiene dinero, no tiene fiesta. No hay policía, no hay soldado para protegerte. No hay ejército para sostener al pueblo. Sin Dios no hay esperanza.

—        Llama a Dios, Pastor. Pide a Dios que contenga a esta miserable gente.

La gente derriba la puerta. Fuego en la ventana. Rodeado. Los sabios poderes  están rodeados.

El alcalde intenta hablar. Los diputados abrazan a la gente que entra, todos completamente enojados.

Los ayudantes se aferran a los jefes, susurrando estrategias de última hora para contener el daño.

La culpa es de Dios, de los muertos, de los afectados por la guerra del día a día. La culpa y de la tierra que inunda, de la lluvia, del tiempo, de los gobiernos que pasaron, de la guerra, del pueblo.

—        Échale la culpa al pastor. Grita el alcalde ¿Dónde está  Dios  que él llamo y  no vino?

El alcalde saca la arma en medio de la multitud. Y señala la cabeza del pastor.

—        ¿Dónde está Dios, maldito ?¿Dónde está Dios?

La gente frena. Se detiene. Espera la acción del alcalde.

—        Invoca a Dios en persona. Sigue. Dile que es una emergencia.

El alcalde dispara y la bala atraviesa la cabeza del pastor y se aloja en la pared blanca del otro lado del salón.

—        Cálmense gente, cálmense, es un hombre de fe. Un hombre de Dios. Solo le disparé para ir al paraíso a llamar el omnipotente. Regresará pronto, pronto. Su jefe es muy bueno en este negocio de resurrección.

Los invasores caminaban lentamente hacia el alcalde, sin decir una palabra.

Palos y barras de hierro en sus manos, rodearon a todos doctores.

Tiraron la arma del alcalde.

Uno a uno. Alcalde, diputados, gobernador, asesores, todos fueron tirados por la ventana. En medio del fuego. Justo en el centro del fuego que ardía.

—        ¡Dios es bueno! A ellos también los resucitará, dijo un hombre del pueblo.

—        ¡Amén!, respondieron todos a una voz.

 

 

EL SECRETO DEL DOLOR

El dolor que duele es dolida. Dolida y loca. Ni siempre infla el pecho, pero da en la gente una agonía miserable.

Cualquiera que pasa ni siquiera ve de qué se trata. Es solo el dolor lo que lastima a las personas. Los demás ni siquiera lo saben. Lloramos para intentar purgar, pero las cosas no pasan. No purga nada. Solo duele.

Ni siquiera es el tiro del tipo del uniforme que sube disparando. Eso mata luego, a veces ni siquiera duele.

Y no tiene sentido consultar al médico. No hay médicos y, si los hubiera, no valdría nada.

Es un dolor en el pecho, en el cuerpo, en el alma, pero no es demasiado dolor algún. Es solo dolor. Una cosa así insensata, sin sentido, sin reglas, sin nada.

La mujer pregunta qué es y tú dices: nada.

La gente de la casa lo entiende bien. A ellos también les duele, pero nadie habla. El niño mira y también calla. La hija finge no verlo. Finge que no duele. Hace que no pasa nada.

La casa casi se cae, las paredes se balancean, el techo cruje.

Duele toda la casa, pero tampoco habla. La bala haciendo ruido pasa por  habitación y se muere  en el salón  nadie se da cuenta. Ni el muerto, ni quien está vivo.

El florero con la flor de plástico se rompe y llora, se rompe a balazos. Pero el florero tampoco habla. Y tampoco le duele. Simplemente tira los fragmentos en el suelo y la gente recoge.

Luego ponemos otro florero en la dirección  la bala, para que muera también.

Las flores de plástico tampoco duelen. No duelen, no hablan.

En la pared están los agujeros y un mundo de fragmentos esparcidos por el suelo del salón.

Agujeros de bala.

Y el dolor se extiende.

 

 

 

Del pecho al brazo, del brazo a la boca, de la boca a la luna, al espacio. Es  dolor atada. Se pega en nosotros. Duele todo y el alma suspira demente soñado despierta con el final de la novela. Con el gol en el estadio del Maracana.

Es el alma intentando mezclarse con el dolor para aliviar el daño, pero solo empeora.

Es un dolor travieso, que no se avergüenza de ser dolor donde no hay nada más.

Esta cosa desnuda la gente. Le quita la noción del entorno, del mundo, de la vida, deja todo así un poco torpe.

La hija nos abraza intentando alejarnos del estampido y la gente se agobia, aún más.

Solo se puede morir juntos, por amor, por cariño, por solidaridad.

Solo se puede animar a la bala que resulte ser lo suficientemente grande como para matar a dos, tres, cuatro, para que todos mueran juntos y nadie llore,  por el otro.

Al menos el dolor termina.

Dicen que en el cielo no hay dolor. En el infierno parece que sí, pero los pobres no van al infierno. El infierno para los pobres es la sobredosis.

Pobre sufre y se cala. Ardiendo en fuego todo el tiempo. Ardiendo, alto fuego, fuego fatuo.

El fuego de los tontos que enciende el alma y te hace tener visiones de cosas bizarras.

Fuego, hierro y una navaja que rasga las tripas. Que rasga la garganta. Que rasga el coraje, desmenuza la valentía   en mil pedazos y se lo tira a los perros. Juega al cerbero.

Trozos de coraje  mezcladas con valentía y una buena salsa de autoestima arrojada al guardián del infierno.

Estas cosas destruyen y la ternura.

Elles se aprovechan del dolor que tenemos para dar en la nuestra cara. Delante de la mujer, de los niños, de la suegra, del perro.

Ellos golpean, disparan y matan.

Todo esto mientras duele.

Les gustan el dolor, pero solo cuando ella es en nosotros.

 

EL SÚPER HÉROE NEGRO Y POBRE

Ismael nació en la favela. Allí arriba, cerca del cielo, como habla la antigua canción. Chaval pobre, que si sabe que es pobre y que sabe que crecerá y va a morir  pobre, así como nació. Chaval negro, como tantos otros chavales negros y otras chavalas negras que todo los días se recuerdan que son negros y que, por lo tanto,  no se puede ansiar grandes cosas de la vida. El niño  negro no es un niño, así como el estudiante negro no es uno estudiante,  son apenas negros. Siempre en contraste con el  mundo, que es irremediablemente blanco.

El hijo es el hijo, así como el nieto es el nieto, el sobrino es el sobrino y el amigo es un amigo. Los que aman son siempre más sabios y no se preocupan por estas cosas. Además, padres, madres, tías y tíos; abuelos y abuelas son todos negros. Son iguales. Pero aunque no lo fueran, el amor no comporta tonterías.

Ismael  era un niño, pobre y negro. Era un morador de la favela. Todos los días miraba la muerte por la rendija de la ventana. Policías matando niños pobres y negros. Todos los días. Disparos que explotaban delante de  su ojos y balas que zumbaban en el oído. Pobre niño negro rodeado de balas por todos lados.

Mirando por la ventana, Ismael ya no tenía miedo. Solo tristeza. Solo angustia. Compañeros de futbol y cometas   cayendo al suelo acribillados a balazos. Pobres negritos que nunca empuñaron armas, que nunca lastimaron a nadie, que

nunca soñaran en morir así, por nada. Solo porque son pobres y negros.

Y la policía dice que todos son bandidos. La policía dice y la tele lo repite. La internet también lo repite. El periódico que se escribe al día siguiente también lo repite. Repiten tanto que el niño muerto se convierte en un bandido. No hay manera. ¿ Quien contestará la policía y los periodistas? Nadie. Y si no está de acuerdo, la policía mata de una manera y los periodistas matan de otra. Así es.

Entre tiroteo y tiroteo, Ismael leía un cómic, miraba la televisión, volaba una cometa y hasta jugaba a la pelota de vez en cuando, allá arriba en la favela. Jugaba a la pelota con amigos que aún no habían sido asesinados por la policía. Cada vez menos chavales.

Todos los días Ismael soñaba. Futbolista, estrella de rock, del samba, del funk. Artista, sargento, pintor, millonario. Soñaba con cosas buenas, pero no ignoraba las cosas malas. Soñé que era  un superhéroe. No esos que matan  bandidos que cazan a los pobres y negros en las calles de la ciudad. Al contrario. Querías ser Superman para defender a los pobres y negros. Quería defender a las mujeres negras de la favela. Las

madres, las hermanas , abuelas y tías. Quería defender a los otros niños y niñas, todos negros, como decía Caetano Veloso. Quería una armadura invulnerable, un uniforme hecho de tela de Krypton para contener las balas de la policía. Quería ponerse frente a las balas y verlas rebotar en su pecho y regresar a los policías, golpeándolos, para que ellos, también pobres y negros, aprendieran que los pobres y negros no solo sirven para  ser asesinados.

Soñaba con volar por los cielos de la ciudad, para vigilar a la policía y proteger a los pobres. Los pobres y los negros, principalmente, pero también los blancos pobres. Soñaba con proteger a todos los que son atacados por nada, los que son objetivos de la policía solo porque son pobres, y la mayoría de ellos son negros.

Quería montar un escondite. Una casa escondida donde podría llevar a todos los pobres de la favela, a todos los que temen la policía de los ricos. La policía que viene y mata a los pobres para garantizar la paz de los ricos. Quería ser el héroe de la colina, de la gente, de la favela. El Súper-Ismael. El poderoso defensor de las favelas. Quería que la policía de los ricos tuviera miedo cada vez que subieran a la favela. Miedo a morir como los pobres y negros. Quería que el policía asesino tuviera miedo de perecer y tener su cuerpo abandonado en una cuneta , sin derecho a lloro o vela. Sin amparo de nadie.

Ismael estaba estudiando. Y los maestros eran pobres y negros. No todos, pero casi. Algunos eran pobres y blancos. Ninguno era rico. Matemáticas, portugués, geografía, a Ismael le gustaba todo. Estudiaba todo. Le prestaba atención a todo. Pero lo que realmente quería era estudiar ciencias. Química, física, lo que sea. Cualquier cosa que pudiera ayudarlo a construir una armadura o incluso un uniforme que lo hiciera invulnerable a las balas de la policía.

Cada vez que ellos gritaban en la televisión que los pobres tenían que morir, que la policía tenía que diezmar las favelas, que todo negro es un bandido y todo pobre es peligroso, Ismael se desesperaba. Todo era mentira, lo sabía. Todo era odio de la gente blanca y rica, gente que desde la cuna aprendía a odiar y tener medo a los pobres y negros. Gente a que no les gusta el pueblo solo por ser pueblo. Gente que vivía en la burbuja  y intenta engañar el mundo con sus argumentaciones. Nadie le había dicho eso, pero el sabía. Él lo intuía. Lo intuía.

Se la policía subía la favela matando los pobres y negros, matando a sus amigos, destruyendo vidas, y esa gente de la tele todavía se puso del lado de la policía,

creyendo   poca la matanza, es porque les gustaban, amaban mirar a los muertos. Gente pobre, por supuesto. Pobres y negros, preferiblemente.

Ismael estaba delirando. Cuanto más veía la televisión, más quería convirtiese en un superhéroe. Quería volar al estudio de televisión, entrar haciendo un agujero en  la pared y gritar, en directo, para que todos escucharan, que todo era una mentira. Voluntad de preguntar a mujer del telediario porque ella quería mal a él y sus amigos se ellos nunca había les perjudicado. Pero preguntar en directo, delante de todos. Hacer que se expliquen al pueblo.

Pero todo era inexpugnable. Todo era inaccesible. Las balas siempre tenían la misma dirección y siempre tenían el objetivo correcto. No se podía hacer nada. Ellos siempre tenían razón y los pobres negros siempre estaban equivocados.

Una mañana subió la policía a favela. El iba a la escuela, iba de camino. Vio gente corriendo, escuchó el ruido de los disparos. El ruido de una mujer gritando y un perro ladrando. La gente estaba desesperada, despeinada, gritando por sus hijos, amigos, familiares. Disparos zumbido por todos los sitios.

Cayó al suelo, sintió el calor en el pecho, era sangre. Una bala lo había atravesado. Gran bala, gran arma. Arma de policía. Sintió llegar a su madre, masculló su nombre y apoyó la cabeza en sus pernas.

Sin saber que decir, solo se disculpó con su madre, diciendo que era su culpa. Si ya hubiera hecho  el uniforme con tela de Krypton, nada de esto hubiera pasado. La policía no lo mataría si el fuera Superman.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MARGINADO

La ventana era negra, fea y oscura. Capa de polvo tan gruesa que parecía arcilla. Negra, fea, oscura y desgastada. Solo por los surcos de los garabatos se podía ver algo afuera. Había luz, sí. Había algo de luz ahí afuera. No mucha, pero había .

Quien se levanta tarde y se molesta con todas las citas del día no tiene ni derecho a quejarse de la ausencia de luz. No merece tener acceso a nada mejor que eso, un  aburrimiento inconsistente. No alcanza la luz los que desafinan en todas las notas. No hay sol suficiente para los degenerados, para los parásitos que se despiertan tarde y producen poco, o casi nada. Produce, produce, produce. Siempre alguien necesita de tu sacrificio. De tu sudor, de tu tiempo. Alguien siempre necesita ganar dinero con las cosas que usted puedes hacer. Y si tu no lo haces, no mereces ni el aire que respiras. Eres un marginado. Ya no hay lugar para ese tipo de personas en el mundo. Luz del sol nada. En la cabeza de gente así, llové todo el tiempo.

Levantarse de la cama es una tarea tortuosa, triste y sin sentido. Expone el cuerpo y el alma a la nada, a cosa alguna, al más absoluto de los vacíos. Te arrastras, vas al baño, entierras el rostro en el lavabo, y nada. Lava, lava, lava. Respira. Frotes las manos en la cara, lava todo de nuevo, y nada. La expresión de aniquilad personal sigue en su expresión, te denunciando. Te miras en el espejo roto y piensas: no soy nada.

Las paredes del dormitorio corroboran con la sensación de fracaso. Sucias, manchadas, la suciedad  secular. Paredes sin  vida y sin historia. O con demasiadas historias, quizás, destrozados por las épocas.

La pared inmunda quiere que tú caía, siempre. Que nunca olvides tu incapacidad de superar  las cosas, de su inconsecuencia, de las mujeres que trajiste allí para compartir la desesperación de tu alma. El impulso que me da es golpear la cabeza con fuerza en cada una de las paredes desgraciadas, pero eso no aliviaría la sensación de nada.

Ventana, dormitorio, cama, paredes, todo es una tontería. El trabajo es necesario. El pan mohoso, la carne en mal estado y la bebida mala exigen sacrificios. Arrastrarse a una oficina y vomita cosas en muchas hojas de papel con timbre es una de las formas más angustiosas de perder el tiempo mientras espera el fin de semana. A medida que envejeces. Entonces todo lo que tienes que hacer es abrir bien la boca en el piso y esperar  que llegue la muerte. Lo escuché un día en una canción de radio. Así es. Lo destino de quien nace es esperar la muerte, el restante es solo presumir.

 

La luz de ayer, artificial, venia de alguna  farola ,  de un coche o del fin del túnel cualquiera, hirió, violentó la chica  de mis ojos desacostumbradas a la luz. No hay luz que cure cuando es negro. El día es vago y la noche eterna. La calle, el bar, la discoteca, la prostituta,  todas las cosas de ayer son un trozo del mundo  tatuado en mi memoria. Es algo secular. Algo de todos los días. Una acumulación de nada, de materia irrelevante, bailando salvajemente en el salón de mi alma .

La gente normal debe tener sus razones, pero el caos es fundamental. Creo que fue Vinicius quien dijo eso. Creo, de hecho, que ni siquiera dijo eso. Pero se no fue, debería.

De verdad, los normales ni siquiera existen. Lo que pasa es que las neurosis son diferenciadas, de ahí la sensación de que el otro no está tan rallado por las neurosis como tú. Tonterías. Todos lo son.

Bajar las escaleras y llegar a la calle es algo repugnante y anti-revolucionario. Es ceder. Es se  adaptar. Es tirar la toalla es admitir la derrota delante del público, delante de las cameras de las  televisión. Es experimentar un tipo de desamor. Sin embargo, hago eso todos los días. No hay quien me quiere en esas calles centenarias, y yo, en contrapartida, también no quiero a nadie. Gente aburrida . Cada uno mas preso a su universo particular . Gente aburrida y tonta. Gente narcisista. Un  mogollón de tontos, como yo. Quizás más, quizás menos, pero como yo. Caminar por la calle me hace verlos y eso me da cierto recelo.

Esa gente criada en cautiverio es una verdadera desgracia que deambula. Todo lo ve y no ve nada. Ni siquiera la herida, el  corte o la gran herida que estalla en la cara de todos. Y si  no sienten su propio dolor,  puede imaginarse cómo enfrentan el dolor de los demás. Indiferencia. Ni siquiera es cada uno por sí mismo, pero, ciertamente hay un Dios en  contra todos. Uno Dios que ríe hasta las tonterías de cada uno. Uno Dios que se burla y desprecia. Uno Dios que muere de pena del ridículo que se expone cada una se sus criaturas.

Camino por la calle y estas caras me rodean. Son demasiadas personas. En verdad, remedo de gente que ya cambiaron su condición humana por dinero hace mucho tiempo. Personas que no supieron evolucionar del simio sin perder su dignidad. Gente como yo. Gente que me persigue por las calles como si llevara un enorme espejo donde me veo y me veo horrible. Personas como yo. Personas que mi persiguen por las calles como llevando un gran espejo donde me miro y me veo horrible. Gente que aspira  mi talones mientras camino, mientras corro, mientras escapo instintivamente y me oculto rápidamente, donde trabajo.

 

La mesa, la silla, el jefe, la computadora, la pila de hojas de cálculo y formularios, los datos que deben introducirse en el sistema, la rutina robótica, la gente. Alrededor de la mesa, otras mesas llenas de gente. No gente exactamente , pero algo así como la gente. Como yo. Todos cumpliendo con su deber cívico con la sociedad y tratando de mantener vivas sus miserias personales. Padres, madres, esposas, esposos, hijos e hijas tratando de alimentar a la manada de la manera menos indigna posible, al menos aparentemente. Personas constreñidas por anteojeras opcionales y conscientes de ello, personas comprometidas con la mediocridad. Comprometidos a permanecer inútiles, absolutamente inútiles, frente a la vida, como yo.

En el interior de la oficina, el sol comienza con calma, irrumpe suavemente a través de las ventanas empañadas y se eleva lentamente. Aparece cada vez más. Primero calienta las paredes. Luego, poco a poco, se mueve por la habitación. Sobre las mesas. Sobre la gente. El viejo aire acondicionado atascado en un agujero en la pared si muestra  débil. Insignificante. Calienta primero los respaldos de las sillas, luego las nucas, las almas. Y el aire acondicionado permanece en silencio ante su propia relevancia. Ya pedí las cortinas al jefe. Se rió. Le preguntó al gerente, al jefe del jefe, y ordenó al jefe, riendo. Entendí que el ganado puede hasta mugir al camino del matadero, pero se mueren igual, el ganado es ganado, podía patear, gritar, amenazar, hacer el diablo.

Pero la certeza de que el restante del ganado ni siquiera mugiría, me avergüenza. Solo sería una forma de anticipar el abate. Y solo. Mejor, entonces, esperar. Pronto ellos inventan una máquina maravillosa para hacer las tonterías que hacemos. Un programa, un software genial, y nos podemos morir tranquilos desempleados.

Apoyadas en la más portentosa inutilidad humana, las inteligencias artificiales llegarán a la sabia conclusión de que las personas ya no sirven para nada. Ni siquiera para trabajar. Ni siquiera para ser un esclavo.

Antiguamente fue Dios, luego fue el hombre, ahora las computadoras son el centro del universo.

El sol fuerte tiene hambre, como ocurrí todos los días. Almuerzo en un bar, abajo. Comida mala, muy mala, empujada con agua salobre para que se trague más fácilmente y suavizar el sabor. Sopa de tortuga o ratón. Carne de vaca, cerdo o jirafa. Salsa de barro, camarones o leña. No importa lo que escriba en el menú, el sabor y la apariencia son siempre los mismos. Una maravilla. Me mantiene con vida para la segunda parte del viaje. Más formularios, más papeles y más datos introducidos en el

 

sistema. Todo por el gusto de ejercer diariamente mi sagrado derecho a la agonía mientras tu  lobo no llega.

Volver a casa es robótico. Las piernas conducen. Un pie, otro pie. Automático. Pasos adictos. Calzados gastos en las calles, callejones y escaleras de la vuelta. Las mismas. Personas, bocinas, ruidos diversos y pasos mortificados. Hay luces en las calles, pero no en mí. La luz se curva a mi alrededor. En medio de las luces sostengo el orgullo de mí tono oscuro. La ventana sucia, la pared mugrienta, la cama confusa. Todo me espera en el mismo lugar. Creo que hasta los insectos del piso me esperan ansiosos. Son mi familia. Me miran a distancia cuando me siento en el sillón. Bichos. Cucarachas y arañas explorando el universo del apartamento apestoso. Un mundo. Una inmensidad. Y tal vez, para ellos, soy un Dios. Un Dios que borra, que duerme en un sillón sucio. Un Dios que castiga solo cuando es absolutamente necesario. Cuando se ve contrariado. Cuando un insecto intenta atrofiar sus sagrados designios. Un Dios que esporádicamente aplasta a sus criaturas adoptivas. Que ejerce su ira solamente eventualmente, reduciendo a migas con los proprios pies.

Siempre soñé en ser Dios. Cuando era niño, hizo milagros. Levitó, sanó a los enfermos, resucitó a los muertos. Caminó por el valle oscuro sin miedo a los profesores rígidos y los valientes de la escuela. Orar, cantar, varita mágica. Hice muchos milagros hasta que me di cuenta de mis pecados. El pecado es culpa y la culpa es daño. Por eso es tan difícil ser feliz después de pasar la adolescencia. No yo, sino todos. Desde que se inventó la culpa, la tarea de  Dios se ha vuelto cada vez más temeraria. Pero los insectos no lo saben.

Tiros fuera. Muchos. Una vez mas. Policía, bandido, drogadicto, ladrón, prostituta, todo acaba en un tiroteo. Entre el sueño y el tiroteo, intento dormir un poco más. Estampido. La ventana rota. Cucarachas y arañas salen en carrera. Criaturas cobardes. Abandonan a su Dios ante cualquier incidente, por pequeño que sea. Fragmentos de vidrio, astillas de madera en la ventana, pedazos de pintura seca, todo sobre mí. Pedacitos de realidad caen sobre mi rostro. Así no se puede jugar a ser Dios.

Un animal golpea a la puerta. Un paquidermo, tal vez un buey. O un caballo. Un desgraciado viene a alborotar para estropearme el sueño.

—        Sr. Bento, sr. Bento, Anibal ha muerto.

 

Vecindario raro. Ni siquiera sabía que le gustaba tanto el chico del bar. Aníbal, Amílcar, Catão. Carthago, Roma, África. Para mi no importa. Era solo el tipo que me vendía comida mala todos los días. Creo que nadie la extrañará. Excepto, tal vez, los que suelen comer esa bazofia. La mujer, los niños. Alguno posible tío, padre o hermano. Si la madre estuviera viva, estoy seguro. Nadie más. Todos los días matase gente y casi siempre por nada. Es la policía, decía Aníbal, cada vez que alguien se quejaba de la violencia de los vagos. Ahora, incluso si quisiera, no podría quejarme más. Según la vecina que me sacudió, tratando de transmitirme su desesperación, fue una bala perdida. Bala perdida en el tiroteo. Bala de policía. Aníbal la encontró. Pero nadie hace caso. Bala, cuchillo, violación, predicación, aburrimiento, sed de muerte de todo en esta ciudad.

“Está muriendo gente que nunca murió”, se burlaba Aníbal. Ahora era él quien, sorprendentemente, nunca había muerto realmente. Delenda est Carthago. Y Carthago es aquí. Entre el  mar y los montes.

Policía. Dos soldados en mi puerta. Uno mastodonte, el otro tísico. Los dos negros – Aníbal era negro. La mujer que sacude  es negra.

La mayor parte de las personas que mueren en estos eventos son negros. Y a nadie le importa. Quien da la orden de matar casi siempre es blanco.

Quieren saber sobre la bala. Del disparo que destrozó mi ventana. Yo estaba durmiendo. No fui yo, lo juro, le dije al soldado. Registraron el cuarto, la casa, las paredes, la suciedad y  no encontraron ni las cucarachas. Insectos cobardes. Incluso ellos tienen miedo de la policía, incluso cuando están en la presencia de su Dios.

El tísico llena de preguntas a la vecina. Quién es Anibal. Qué ella es del. Conoce de onde. Ya enamoraron, ya ligo, el ya te golpeo. Quiere saber todo. El mastodonte me mira con mala cara. Soy sospecho, creo. Para un policía, todo el mundo es sospechoso. Para un ciudadano común, todo policía es sospechoso, dijo Stanislaw.

Fue abajo, disparé y corrí a casa para, recibir los fragmentos de la ventana en mi cara. Maté a Anibal y  rompió mi ventana con cucarachas y arañas como cómplice. El crimen perfecto. Anibal me imploro por su vida, hablé para el mastodonte, pero yo creí que la vida del no merecía a pena

El policía no lo creyó, pero me amenazó con llevarme  a comisaria para investigación. Luego desistió. Vagabundo. Debe ser vagabundo, gritaba el tísico.

Anibal era un tipo absolutamente normal. Vendía su mala comida a toda la gente casi miserable del barrio. Empleados de  tienda, taller, oficina, esas cosas. Entretenía a los clientes hablando de fútbol, Vasco, Botafogo, Flamengo, Fluminense. Daba igual. La charla siempre era el mismo. Juez ladrón, comentarista crudo, mal campo. Siempre había una manera de descalificar todo lo posible y a la clientela le gustaba. Desde el café de la mañana hasta las cervezas al final de la tarde, pasando por el almuerzo, el mundo prácticamente se reducía al fútbol. Un crimine o otro, de  vez en cuando, pero solo cuando la televisión gritaba en la cara de todos que importaba. Asesinatos sangrientos, niños barbarizados, corrupción política, pero todo esto fue pasando. Serio e impactante fue el fútbol. Jugador, entrenador, directiva, presidentes de clubes, todos allí, incluido Anibal, sacaron más provecho del deporte que todos los profesionales involucrados. Criminales, todos tenían que morir. Disparados, en público, preferiblemente, con toda la crueldad que puedas imaginar. Los políticos, eran todos ladrones. Sin importar partidos, facciones o propuestas. Con excepción del futbol, complexo, donde se profundizara  la conversación analizando los más mínimos detalles, todo lo demás era fácil de resolver.

Atrapar, matar y despellejar. Exterminar. Eran las fórmulas bárbaras utilizadas para aplacar la ira de los ignorantes, esos pobres que necesitaban algo para aliviar sus propias frustraciones.

Era la lógica elemental de culpar y castigar severamente al otro como una forma de aliviar sus propios dolores. Sus propios rencores. Su propia falta de perspectiva frente a una vida sin vida, una existencia robótica, un tránsito vegetativo por la crudeza del mundo real.

Anibal pronunció discursos incendiarios, junto con su cliente de pantalla, señalando soluciones simplistas a todas las tragedias del día a día, penalizando siempre la condición humana. Atrapar, matar, despellejar. Mano de hierro. Ojo por ojo.

La carga de odio desarrollada en ciertos temas otorgaba a los interlocutores un aura de devoción. Eran beatos. Apóstoles de una doctrina básicamente fratricida. Lobos babeando sangre y disputándose en discursos quién presentaría la más cruel técnica de inmolación a los responsables de los crímenes denunciados.

Tras el estallido de la ira, se volvió hacia el fútbol. El único tema realmente dominado por todos los presentes, según la convicción personal de cada uno.

Anibal era negro y la mayoría de sus clientes eran negros. En Río de Janeiro, la bala siempre busca a los negros. Negros y pobres. En el  bar, los pocos que no eran negros eran definitivamente pobres.

En Río de Janeiro, pobres y negros son lo mismo. Están en el punto de mira. La bala encontró a Anibal, por  acaso. Podrías ser cualquiera de los que estuvieran en el bar. Para la policía, no importa. Siendo pobre o negro, lo importante es que te disparen. Para dar el ejemplo. Por demostración de fuerza. Para mostrar quien manda.

En las noticias, en la cobertura de los hechos, los muertos son considerados traficantes. Todos ellos. Todos pobres y negros al servicio del mal. Rostros y bocas, expresión severa, la chica de la televisión culpa a los muertos. Y la gente del bar, salvo los que sobrevivieron, está de acuerdo de todo corazón.

Después del tumulto me fui a dormir, la muerte cansa. El viento frío entrando por la ventana rota. Invierno. Incluso en Río de Janeiro, el frío a veces te molesta. La vecina no volvió. Negra, joven, esbelta, bonita. La voz asustada. “Sr. Bento, Sr. Bento”. El camisón cayendo sobre el cuerpo. Pechos. Muslos. Ojos grandes, negros, hermosos. Ensanchados por la emoción de los hechos, y sin embargo hermosos. Dormí pegado a esos ojos. Soñando. La vecina paseando desnuda por la habitación mientras matones y policías intercambiaban disparos abajo. Desfilando para mí. Bailando. Hablando cosas. Provocando. Un rayo de luz, reflejado en la blancura de sus dientes, a través de la casa.

Iluminando. Imponiendo a mi sueño una angustia de aflicción de amor. Rodando, sudando, quemando. El sueño empujando el alma a los confines de la ensoñación. Nombre. ¿Como se llama ella? Ángel. Demonio. Súcubo. Dulce y deliciosa súcubo. Bebedores restos de amor. Raspar las profundidades del alma para recoger los últimos escombros de la pasión. Dama, señora. Pon en mi boca el jugo del placer insano, del placer afligido, del placer tiránico, profano, impuro. Dame en mi boca el gusto, el sabor de la hembra, el sabor del sueño. Dame un sueño empapado de amor, de gozo pleno, vastos, delirantes. Explosión. Infinita explosión  de sueños. La Petite Mort.

Me desperté con golpes en la puerta. Vecina. Tu sabor  aún estaba en  mi sueño. Era el funeral de Anibal. Vamos. Vamos todos. Usted tiene que ir. La policía matando los negros. Vamos. Vamos todos, repitió.   La parroquia del bar, los miserables, los semimiserables, los muertos, los medio muertos, estarán todos. Ven. Viene conmigo. Ella insistió. No importa el trabajo. Vaquero y una camiseta. Agua fría en la cara. Fui. Mi sueño me llamó. Me llamó para que me fuera. Bajé las escaleras abrazando a la

mujer sin nombre, fingiendo consolarla. Sintiendo la piel de los hombros, el cuello, el olor.

Mucha gente en la calle. Gritos, llantos, protestas. Había más muertos, no lo sabía. Aníbal y los niños pobres. Dos. Más un viejo que gastaba su pensión caminando por las calles en el horario del tiroteo. . Cuatro muertos. Cuatro razones para la insurrección. Gente indignada. Reportero preguntando tonterías ¿Cómo te sientes? Y más gente viniendo. Grabación para televisión Entrevistas por la radio. Y la gente en agonía, abarrotando la plaza. Yo agarrando a la mujer de mi sueño. Protegiéndola. Frotándomela. Gente con celular, mucha gente, grabando todo. Grabando. Micrófono, carro de sonido  instando a la gente. Ellos nos odien, gritaban el

hombre. El gobierno nos odia. Odia a los pobres ya los negros. Odia a las mujeres. Odia a los niños. Le ordenan a la policía que te pegue y la policía te pega. Le ordenan a la policía que te mate. Odian a la gente.

Gente interactuando, rugiendo, aplaudiendo. Gritos de consignas. ¿Aníbal? Presente. ¿Niños? Presente. ¿Viejo? Presente. La tensión empeora. Gente acumulando ira, rabia, rencor, jurando venganza. Plaza hirviendo. Flechas de indignación agujereando el aire. La mujer, la vecina, la musa. Emocionada, llorando, yo consolándola. Acariciando su pelo. Besando su rostro. Disponiendo palabras para calmar su angustia. Graduando la revuelta.

No hay nada que hacer, cálmate. Relájate. Quedate tranquila. Llora, extravasa, grita. Levanta la cabeza, enfrentarlo. Vamos a atrapar a estos bastardos.

En mi cabeza, el asombro se mezclaba con el deseo de estar ahí, cerca de ella. No por los muertos, no por el drama, no por la gente. Por ella. Por la posibilidad de pegar los cuerpos entre sí y sacar algo de intimidad a la situación.

Viva el pueblo, viva el pueblo. Viva aún más, sin embargo, el cuerpo de aquella mujer, accesible al tacto, al abrazo, al consuelo disfrazado en medio de la multitud feroz.

Policía! Mucha policía. Los hombres uniformados  rodean a la multitud, posicionados en puntos estratégicos. Armas en mano. Sangre en los ojos. Perros feroces custodiando la casa de sus amos. Armaduras, escudos, garrotes. La policía lista para golpear al pueblo, una vez más. Y la gente grita. Desafía a los perros de guerra ¡Asesinos! Asesinos!

La multitud no se intimida. Enfréntate a los torturadores. Piedras, muchas piedras. Balas de goma. Estampidos estúpidos y horribles. Humo en medio de la masa. Lágrimas, muchas lágrimas. Y más piedras. ¡Asesinos! Sigue el coro. Los soldados rompen el bloqueo atacando a las personas. Escudos y porras. Sangre. Cráneo hecho pedazos. Los caídos, tambaleándose. Guerra entre el pueblo y la policía en el entierro de los fusilados. Mujeres y niños en el suelo. Disparos. Un soldado dispara contra la multitud. Mas sangre. Cuerpos destrozados disparados por  bala de fusil. Sujeto la mujer y escapo, contornando cuerpos vivos  en el medio de la confusión. Ella grita, dice palabrotas, intenta golpear los policías. Asesinos! Asesinos! Agarro a la mujer por la cintura y la arrastro fuera del conflicto. Me pega, me araña, me ordena que la suelte. La mujer quiere guerra. Quiere el conflicto. Quiere enfrentarse a sus torturadores con el corazón abierto. No dejo. Le agarro con fuerza y la saco para fuera. Tiros. Muchos disparos. La calle hormiguea de cadáveres. Hombre, mujer, niño, anciano, todos muertos. Una cascada roja que corre por las esquinas de las calles. Gemidos, aullidos, susurros. Y la policía golpeando. Atacando. Disparando. El masacre consumado en plena avenida principal. Cuarenta muertos. Cuatro más, cuarenta y cuatro. Todos pobres. Casi todos negros. Gente que solamente quería llorar su muertos y extravasar, protestar contra sus muertes.

Nos subieron a empujones a una furgoneta que partió sin darnos satisfacción. La mujer que se aferra a mí. Llorando. Golpeándome el pecho. Quiero pelear, gritó. Quiero enfrentarme a estos animales. Llorando. El conductor  preguntó a otro quién era yo. Está con Ana, respondió el otro, Ana. Se llamaba Ana.

En la furgoneta, unas 12 personas. Todos jóvenes. Hombres y mujeres. Dos resultaron heridos, uno en el brazo y otro en el abdomen. Tres tenían la ropa rasgada y otro estaba empapado en sangre, aparentemente de otra persona. Cuidaban uno del otro y lamentaban el revés, la violencia da policía y el masacre de personas pobres. Uno más.

Formaban un grupo. Colectivo Social,  se llamaban así. Según tengo entendido, eran activistas políticos. Ana también. Anarquistas, comunistas, sindicalistas, no lo sé. Una cosa así. Luchaban contra todo lo que consideraban malo sin esperar nada a cambio. Eran contra la muerte de negros y  pobres por la policía, contra la pobreza, contra la explotación y contra un sinfín de cosas, el conductor me explicaba todo. Ellos ya habían sufrido el demonio. Fueron golpeados por la policía, el ejército, los medios de comunicación. Eran tratados como parias, personas incapaces de se adaptar a las groserías del mundo o como bandidos. Eran asociados  con delitos contra la vida,

narcotráfico, atrocidades sexuales y muchas otras cosas destinadas a escandalizar a la clase media ya la opinión pública.

Me quedé asombrado, sin saber nada de eso. Sin poder entender. Para evaluar. Para sentir las consecuencias del daño. ¿Que gente era esa que sufría , que se angustiaba así, que peleaba así? Nunca había visto tantos muertos en mi vida, ni había visto tanta gente enfadada. Nunca había visto gente con las manos desnudas enfrentando a soldados armados. Nunca  había sido presentado a tal demostración de coraje.

Eran jóvenes, todos muy jóvenes. Si no me hubiera labrado una existencia absolutamente grotesca, incluso podría haber tenido hijos de su edad. Todos eran líderes.

En el edificio abandonado para lo cual nos llevaron, una antigua planta de asfalto cerca de la estación de autobús, debatían de todo, ardorosamente. Pasión. Un amor sen miedo y inmenso por las causas nobles. Un amor inconmensurable por las cosas de la gente. Analizaron, estudiaron, desentrañaron todos los aspectos de la situación. Cada uno expresó su punto de vista sobre el masacre, sobre la cobardía de la policía, sobre la compulsión al odio de algunos de los asesinos, sobre el placer que algunos mostraban en atacar y matar a los pobres. La identidad de los policías con los ritos del poder, la subordinación, el complexo de inferioridad, de  perro de la calle, que hacían que hombres con uniformes extravasaren   sus rencores, convirtiéndolos en una rabia contra el pueblo, como una forma de venganza, como una forma de masacrar sus propias frustraciones y una portentosa mediocridad.

Al servicio de los poderosos, los soldados, negros y pobres, se sentían menos negros y menos pobres. Se sentían casi blancos y casi ricos. Estaban orgullosos en servir a los torturadores de los negros y los pobres.

Los militantes escudriñarían el perfil de las autoridades, de los jefes, de los que daban órdenes a los diversos masacres  contra la población negra y pobre. Gente mala, inculta, y absolutamente sin compromiso con el pueblo y la sociedad. Gente con gula familiar por el bien publico, gente ávida por el dinero y el poder. Psicópatas. Gente sin la capacidad humana de se importar por el daño causado al otro. Gente mala ejerciendo el poder, apoyada en el voto de gente buena. La cosecha actual de gobernantes era especialmente cruel. Muchos llegaron antes dispuestos a vaciar recursos de los pobres a los bolsillos de los millonarios, pero estos, de momento, eran letales. No solo corrupto. No solo patrimonialistas, no solo ladrones públicos profesionales y desvergonzados, como varios de los gobernantes anteriores. Estos eran

belicosos. No les bastaba el ejercicio del poder, exigían más. Exigían la sumisión, la obediencia ciega del pueblo a sus dictados. , todos dañinos.  Adoraban la muerte, las armas y la ausencia absoluta de la cultura. Incentivaban el asesinato de los opositores. Exhibían con orgullo los valores más nocivos para la condición humana, se oponían radicalmente a cualquier forma de arte y cultura, eran mucho peores que yo.

Los jóvenes hablaban. Analizaban todo. Yo estaba quieto, escuchando y pensando. Ni sabia que hubiera eso, gente sincera. Chavales gastando energías en defensa de los demás. De todo, el mundo. A pocos metros de mí, Ana también escuchaba. Atenta. Eventualmente aplaudía. Y yo no entendía nada, pero sentía todo. Y antes de eso, hacia tiempo  que yo no sentía nada.

He sido joven en un día, es verdad. La universidad, los libros, las chicas, borracheras. Perspectivas de  felicidad. Cresta levantada. Señor del universo. Absolutamente inmortal. Pero todo se cae. Día tras día todo se desmorona, se desmonta, se desploma. El sueño se vuelve medio opaco. Disforme. Raro. La esperanza se transforma en una curva, en una esquina, y se pierde, transformando en frustración. La mujer que se quiere se transforma en loca, una bomba explotando el tiempo todo, un dolor distante. El amigo más querido se convierte en adversario, en desafecto, luego en enemigo. La ira avanza sobre la vida y en poco tiempo, cuando la vemos, la risa ya se ha convertido en enfado.

Hice Economía. La economía es para cambiar el mundo. Crear producción, salvar el planeta, ganar el Nobel. Llenarse el culo de dinero y vivir felices para siempre en un burdel en Francia. El planeta pertenece a los economistas. Todos ricos. Todos virtuosos. Todos capacitados para enseñar al resto de la humanidad la forma correcta de comportarse en el mercado.

Todos los países del mundo serían míos y de los demás economistas, de nadie más.

Trabajos, tesis, disertaciones, discursos. El diploma sacado con mucho sudor. Brazos extendidos en la proa del barco, como en las películas americanas. El proprio dono del mundo. Justo en el primer banco en el que trabajé, se hizo agua. Quieres enseñar a hacer las cosas bien y el jefe te impone hacer  mal. Burro. Usted quiere ganar fortunas y el jefe tiene miedo, quiere ganar propinas. Quiero ser atrevido, pero las leyes molestan. Malditas leyes. Malditas reglas. ¿ Como puede un genio trabajar así?  Falta de libertad. Maldito jefe, maldito banco, maldito Estado. Llega la correctora. Acciones,

jfondos de pensiones, mercado de valores. Jefe ignorante. Sin visión. Hice el enfrentamiento, puse el dedo en la cara. Me pusieron en la calle. En un mogollón de trabajos después, todo lo mismo. El mundo ya tenía dueño, y no era yo. Y los dueños del mundo me regañaron. Te equivocaste, gritaron. Y yo me callé. Ya no quería ir a la calle. Hoja de trabajo en la pantalla, mesita en la esquina, tirón de oreja todos los días. El universo fantasmagórico de la burocracia. Nada. La pequeña pieza despreciable y dispensable. El trabajo tosco. El saludo en el hombro. En sarcasmo. Está una mierda, pero está bien, dijeron los jefes. Déjame arreglarlo, confirmando la sentencia otro compañero de trabajo. Y la autoestima se estaba desvaneciendo. El genio se convierte en el o bobo de la oficina. El marginado. El tipo lamentable que gana el salario más bajo en el equipo, casi por piedad. El tipo que no hace nada bien. El objetivo de las risas y de del bullying. El alma gigante va se contrayendo, contrayendo, hasta virar pasta. Algo que se va deshaciendo con el pasas de las horas. Sumiendo. Cada vez más pequeño. Hasta que solo quede un cuerpo que se tambalea de un lado a otro, provocando la risa en algunos y la ojeriza en otros. Inspirando desprecio en los dueños del mundo. Luego tenemos el resto. Caseta de perro, barrio malo , comida horrible.

Solo en el mundo. Nadie quiere amigos para compartir las desgracias. El sujeto camina solo. Se acostumbra con el arremedo  de vida, hasta que el caos se vuelve un amigo inseparable, un compañero de viaje. El sujeto aprende a amar a las mujeres vacías, tan vacías como él. Y las quiere de verdad. Sinceramente. De una forma rara que adora que el objecto del amor se mantenga distante. Con miedo. Cuanto mas cerca, mayor el riesgo de perder. Y nadie quiere perder un amor, no importa lo ordinario que sea.

La infelicidad es algo que hay que cultivar con discreción. Sin alarde. Nadie necesita saber cuánto de  miseria humana se ha instalado en vuestro interior.

Mi padre decía que yo no era bueno, que nunca me tornaría algo en la vida. Mi madre me daba los hombros. Es un cero a la izquierda, pobrecito, decía ella. No es inteligente como sus hermanos. Padre, madre, hermanos, para todos ellos siempre he sido nadie.

Cuando maté al primer tipo por una pelea, por una mujer, me tiraron al mundo. Incluso la mujer estaba en mi contra, ella amaba a lo muerto. Yo era solo un lugar para dormir  y alguien para pagar las cuentas. Amor mismo, de verdad, era solo para o otro. Ya había matado al hombre, luego maté a la mujer que me traicionó. Emboscada. Me escondí detrás de un pilar, disparé cuando ella regresaba a casa, abriendo la puerta de hierro que conducía al edificio donde vivía .

 

Todo el mundo lo sabía, pero nadie lo demostró. Un tonto, un tonto, un nadie. Un tipo así no mata a nadie, pero yo sí. Entonces un tipo me ofreció dinero, mucho dinero. Había más gente para morir. Acepté, luego otro, y otro, y otro. Siempre mucho dinero.

 

Fue aceptando. Dejé todo y me puse a trabajar para este tipo. Compré el apartamento en el que vivían mis padres y los tiré. Cero a la izquierda era él, mi padre. Compré una mujer sincera. Le pagué para que me amara. Compré otras, compré el apartamento  al lado y junté a los dos. Hice un harem. Mataba por la noche, dormía por lo día y disfrutaba de las mujeres en el intervalo. Pensaba siempre en mi padre. Quién no prestaba para él. Un pobre. Un peón. Un don nadie. Un bastardo que despreciaba a su propio hijo.

Y el tipo siempre me ofreciendo mas trabajo . Mas dinero. Las armas, las balas, los tiros y las muertes iban enterrando el agujero abierto en mi alma. Caminaba en  las calle con orgullo. La gente con miedo, bajaba la cabeza cuando pasaba por mi. Pagando mis gastos. Panadería, restaurante, cafetería, todos me querían. Todos pagaban mi gastos. Mi mujeres me obedecían. Me daban sexo cuando me daba ganas y juraban amor eterno todos los días. Mi padre nunca tuve eso. El solo tenia mi madre, la única mujer que le prestaba atención, y un trabajo sin gracia.  Cuatrocientos años en el mismo trabajo, sin faltas, sin retrasos, sin emoción, sin poderes, sin creatividad alguna. Cuatrocientos años de aburrimiento, probablemente mal sexo, y hijos despreciables. Con excepción de yo, el hijo que mataba.

La  oveja negra y rica de la familia. Yo era el rey, ellos los parias. Pero lo entendieron todo mal. Todo al revés. La moral burguesa, repugnante, obtusa. El éxito es morir trabajando por un sueldo ridículo. Es un piso de mierda en una calle atestada de inútiles. Es mirar a tu hijo a los ojos y decir: tú no sirves. Es nivelar las desgracias al grado de tu propia mediocridad social.

Es sostener, con sangre, sudor y lagrimas, como en las películas y novelas, un sistema abominable que hace, en nivel mayor, las mismas cosas hechas, en menor nivel, por aquel su hijo, que no sirve para nada. Es poetizar lo abominable. No era bueno para mi papá, pero era bueno para el tipo que me pagaba.

Cuando me arrestaron, sin embargo, no había nadie más. Las mujeres, los tipos que pagaban mis cuentas en el comercio, el tipo que me pagaba para matar a los demás, nadie. Treinta muertes, habló la policía. Cuarenta, afirmó el promotor. Yo no sabia

cuantas fueran. Yo so mataba. El juez, un tipo de carácter aparentemente desconocido, más para viejo que joven, y con la apariencia de alguien absolutamente mal querido, me sentenció a veinte años de prisión.

Agravantes aquí, atenuantes allá, hasta que salió bien.  Quedé grato al abogado, que al final se llevó todo mi dinero, mis bienes y mis mujeres.

La celda es el espacio más podrido del mundo. Matar, robar, violar, destruir, no significa nada. Son más que lobos, más que bestias, más que monstruos. Son seres humanos reducidos a su esencia más brutal y animalesca. Tres años de quietud, hasta la libertad condicional. Tiempo de  serenidad fingida. De mudez articulada. De medo, de pánico y de horror. Pegando intimidad con  la desgracia humana. Cómplice involuntario de la crudeza e da inhumanidad. Encarcelado golpeado preso.  Matando, pero no con tiro. Con tortura y extrema crueldad. Yo  era el escotero tonto que mataba ancianas, puta y sacristán. Eso ni era matar de verdad. Era casi un ato de amor a los ojos de los ladrones de la celda. Yo pensaba en mi padre. El trabajo patético, lo sueldo contado, el universo burgués. El tenia razón, yo no prestaba. Yo era un don nadie, de la familia. Un ser insignificante y malo, un tipo que no podía conseguir un trabajo digno, un hombre asqueroso, que mataba gente. Pero esos tipos en la cárcel eran peores que yo, todos ellos. Eran la prueba más absoluta de que el hombre no fue hecho originalmente para vivir con otros hombres, solo lo hace por conveniencia.

Todos los días lloré. Pensé en las muertes. Lo maté. Más que un marginado, era un imbécil. Vi a esos tipos cometiendo atrocidades y me sentí como un igual. Un casi igual, de verdad. En la agonía de la culpa, quise la vida ridícula de mi padre, el tipo que nunca mató a nadie. Vida sin brillo, sin gloria, pero también sin daños. Tal vez una mujer como mi madre, amigos como mis hermanos.

Golpeando mi cabeza ligeramente contra la pared de la celda, quería ser el peón. Quería ser el tipo que tiene el coraje de decirle a su propio hijo: tú no eres nada.

En aquel día, en aquella planta abandonada, mientras observaba  Ana y sus amigos, todo me quedó claro. Todo estaba mal. Todo lo que antes creía, parecía mentira ahora. Todo nublaba los ojos ante un mundo mudo, sordo y adicto.  Aún había gente en el mundo. Gente que no mataba a nadie. Que no odiaba a nadie. Que no  tenía miedo a la voz, al color de piel, gestos y hábitos de los demás. Había jóvenes que se entregaban al mundo como quien donaba al mundo  como alguien que se da por amor a un ser

querido. Por más absurdo que fuera, descubrí que hay personas en el mundo que por alguna razón aún aman algo más allá de su propio vientre y no ora en el altar del Dios  dinero como una forma de triunfar sin paliar sus imperfecciones ante los habitantes de la tierra.

Pero ni todo es mentira, ahora lo sé. Un sujeto viejo y aniquilado como ser humano, un trozo de gente, un tipo de carácter abominable, cruel, profano, indigno, como yo, aprendiendo de los chicos y chicas  los secretos del camino.

Ana ali, hablando. Chicos y chicas escuchando. Insurrección. Lucha. Revolución. Planeando. Engendrando. Formando redes y construyendo cimientos. Soñando. Cantando canciones de amor y pan. La policía allí. Dando vueltas. Observando. Olfateando las nalgas de los chicos y chicas para tratar de impedir la evolución de la vida. Soldados afuera. Calles cercanas. Perros guardianes del poder  dispuestos a herir y matar a sus iguales para garantizar los beneficios de sus diferentes, sus verdugos, sus amos. Soldados. Armados no queridos. Uniformes. Soldados del no. Guardianes del poder clásico. De arriba para abajo. Poder de golpear, de imponer, de exigir, de ordenar, de destruir. Poder para torturar. Para atacar, para agredir. Poder para golpear y matar a los padres, madres, hermanos, primos, tíos y tías. Poder para destruir  a las familias en nombre de la defensa de los valores familiares. Poder para traicionar la condición humana y rendirse al más primitivo concepto de ferocidad en nombre del placer que proporciona el ejercicio del poder.

Chicos y Chicas, jóvenes. Soldados, jóvenes. Guerra antigua. Lucha secular. Más. Milenario. Humano contra humano. Cosa contra cosa. Vida contra muerte. Vida contra dinero. Poder. Y yo viejo. Mirando. Ana y los chicos. Los soldados. La inmensa nave. Palabras de orden. Tácticas, cánticos, gritos. Armas, voces, gritos. Terrible confusión. Soldados entrando y disparando. Chicas y chicos corriendo. Arriba, lejos. Corriendo. Enfrentándose. Prestando poesía al conflicto. Épico combate épico. Héroes griegos luchando contra hidras abominables. Sansones derribando las pilas de los nuevos templos. Varios Teseus y muchos Hermes, algunas Afrodites y muchos otras Atenas. Héroes y heroínas escuálidas ante monstruos colosales. Armados, dopados, domesticados. Más combate. Más soldados. Por todos lados. Porras, golpes, fusiles. Disparos al aire. Cerco. Rebelión dominada.

Las armas apuntaban a los chicos y chicas dentro de la nave. Insurrección silenciada. Comandante tripudiando. Humillando. Pistola en la mano, burlando. Ridiculizando. Pistola en mano, soldados golpean a los  chicos y las chicas. Destrozan almas. Bofetadas

en el cuerpo, en la cara. Victoriosos, agredir por agredir. Por amor al arbitrio. Yo quieto. Mirando. Ana, mirando a Ana. Ella reacciona. Devuelve las palabras canallas. Las escupe en la cara del soldado. Amenaza. El desgraciado apunta la arma en la dirección de Ana y amenaza. Provocadora, grita. Ana reacciona. Más fuerte. Dile palabrotas, grita. Pistola. El soldado engatilla  y amenaza. Anna grita más. Cobarde! Grita. Cobarde! El soldado apunta, prepara el arma. Ana infla el pecho. Me tiro en su dirección. Abrazo a Ana, de espaldas al soldado. Caliente. El hierro caliente lastima la espalda. Tres agujeros diferentes. Cuatro. Cuatro golpes. Ruidos sordos. Extraños.

Cuatro balas atravesando la espalda y quemando. Sangre. Yo abrazado a Ana. ¡ Señor Bento! ¡Señor Bento! Grita. Mi nombre saliendo de su boca más fuerte que las balas de los soldados. Me gusta. Agarrado a Ana. Afecto. Sangre corriendo por los agujeros abiertos en la espalda. Sangre caliente. Ana llorando. Soldado calado, atónito. Arma humeando. ¡Señor Bento! La voz de Ana bajando. Apenas puedo escucharlo, escucho la sangre corriendo. Vertiendo lentamente. Chorros saliendo poco a poco. Agujeros calientes. Señor Bento! Ahora es solo un murmullo. Lejos. Frio. Demasiado frío. Luces apagándose. Extraño. Chicos y chicas desapareciendo. Voces callando. ¿Balas? ¿Dónde está el ruido de las balas?¿El sonido?¿Los héroes griegos peleando, gritando, afligidos? Espaldas calientes.

Piel fría. Ana llorando. Lagrimas. Casi puedo sentir las lágrimas fluir. Las veo a lo lejos, en las mejillas borrosas de Ana que extrañamente se desmoronan ante mis ojos.

Ana va a  vivir. Mucho.¿ Donde esta la  luz?¿Dónde está el ruido?¿ Dónde está el caos?¿Dónde están los tiros?Solo quedó Ana. Y ella ni sabe quien yo fue.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN RELATO PARA NO SER LEÍDO. NUNCA MÁS.

Duele la cabeza. Tal vez un golpe. Un coche fechó a otro en un camino de tierra en lo barrio de la Barra. Poca gente alrededor. Raro, muy raro. Dolor en el cuello también. Parece que un animal ha mordido. La cabeza gira. Las imágenes se mezclan. Cuatro tipos grandes, muy grandes, lo sacaron  de dentro de su coche. Él recuerda. Soy diputado, gritó. Nadie le dio atención. Y ahora allí, sentado entre dos mesas de madera. Extraño, muy extraño.  Duele la cabeza, duele el cuello. La boca seca.

—        Diputado, diputado.

Oye la voz un poco lejos. Voz profunda, fija, firme.

—        Despierta diputado.

La voz insiste. Suena como un martillo golpeando un yunque profundamente en el oído. La voz molesta. Y se acerca más y más y más agresivo.

—        Despierta, hijo de puta.

Grita, con la boca pegada a la oreja. El diputado se asusta.

—        ¿Qué paso?¿Quién eres tú?¿Que lugar es ese?Pregunta el diputado, abriendo mucho los ojos.

—       Es un lugar cualquier -dice el interlocutor- que no viene al caso ahora. Lo importante es que usted está aquí, mi diputado. Siempre soné con ese momento. Tenga la certeza de que no haremos nada ya que no tenga sido aprobado por usted con vehemencia, y con gran antelación.

Situado justo detrás de la silla a la que estaba atado el diputado, un tipo enorme acaricia una de sus manos, que están presas a la mesa de madera. El tipo saca un clavo enorme del bolsillo de su chaqueta y coloca la punta en el costado de la mano del diputado, ya que la palma está hacia abajo.

—        ¿Usted defiende la tortura, diputado?

—        ¡Claro que sí!”, respondió enojado.

Con un movimiento de cabeza, el tipo grande fue autorizado a actuar. Golpeó el clavo con un martillo y lo clavó en la mano del diputado y se clavó en la mesa de madera.

El grito de dolor se extendió por toda la habitación, un rugido. Una cosa horrible de escuchar.

El hombre  se rió satisfecho.

El diputado aún jadeaba y gemía fuertemente, a causa del dolor, cuando le clavaron otro clavo en la otra mano. Otro grito, otro rugido, otro gemido y una nueva sonrisa del hombre que comandaba la tortura.

La sangre brotaba de cada una de las manos del diputado, se derramó sobre la mesa, goteó y se derramó por todo el suelo.

—        Por el amor de Dios”, exclamó la víctima.

—        Quede tranquilo, diputado. No haremos nada que no apruebes.

El hombre agarró al diputado por los cabellos, le levantó la cabeza y lo obligó a mirar un monitor de televisión conectado frente a él.

-Tenemos una sorpresa, diputado. No nos hemos olvidado de su hijo. Él también apoya la tortura. Es un hermano nuestro. No podíamos ignorarlo.

En la pantalla  el hijo del diputado, famoso por su agresividad y también defensor de la tortura, incluso contra las mujeres, apareció colgado en el “pau de arara” , instrumento de tortura consagrado por las dictaduras militares de América Latina.

—        Mire, diputado.

—        No. Por favor. No hagas esto. Te lo ruego. Hago lo que quieras, pero no se lo hagas a mi hijo.

—        Abre ojos, diputado. Mira. Observa esta obra prima. Sangre y sudor corriendo por la frente de tu hijo. Aprecia los cortes hechos por el látigo, son los más grandes. Los más pequeños están hechos de una navaja. Se ven bien. Atención a los detalles. Hay una capa de suciedad extendida sobre el cuerpo, que antes estaba en el piso, el piso está sucio.

Y prosigue:

—        Los moretones que ves son patadas, algunos, y marcas del palo de bambú cortado en cuatro para promover cortes en la piel. Mira que hermoso. Una cosa bella. La expresión de dolor de tu hijo es magnífica, mira. No queremos nada más allá de eso. Ninguna confesión, ninguno desahogo, ninguna revelación, nada. Solo eso.

Al darse cuenta de que la víctima lloraba y cerró los ojos, el hombre se puso furioso. Lo agarró por el pelo y le obligó a echar la cabeza hacia atrás.

—        Mire, diputado. Mira. Te estás perdiendo la belleza del espectáculo.

Hizo un gesto al hombre del martillo que le entregó calambres de metal, que inmediatamente los aplicó a la víctima,forzando los párpados, como una forma de mantener los ojos abiertos, mientras se tapaba la boca con un pañuelo.

Las manos clavadas, una en cada mesa, huesos desgarrados por clavos, brazos extendidos, la víctima sangraba, sentía dolores,  gemía y ahora era obligada a asistir a una sesión de tortura contra su propio hijo, sin siquiera poder gritar.

—        Presta atención ahora, te gustará.

En el video, un hombre,  al parecer, estaba limpiando un trozo de madera. Un palo de escoba, tal vez. O una azada. O alguna otra herramienta  de limpieza o trabajo.

Lentamente, mirando a la cámara, sonriendo al camarogrófo, el hombre iba introduciendo lentamente la pieza en el culo del hijo del diputado. Los gritos cortaban el aire. La expresión del dolor era terrible. El hombre sonrió ante el grito de la víctima y enterró el instrumento con más fuerza.

Las lágrimas brotaron abundantemente, explotaran por  los ojos del chaval. Dolor, seguramente mucho. Y el padre mirando. Grito mudo, grito ahogado, grito silencioso.

Martillo en mano, un gran martillo, casi como un mazo , el hombre estaba golpeando el extremo de la madera, apuntando a una entrada más profunda, e se rió para  la cámara. Carcajadas. La sangre ya brotaba. El chaval ya no gritaba. Las lágrimas ya no brotaron. La expresión de su rostro ya se había ido. Boca abierta, ojos muy abiertos, fosas nasales dilatadas. Ya no había dolor. La pieza de madera roja. Sangriento. Expuesto a la cámara  cuando se retira del culo de la víctima.

—        El maricón está muerto. Dijo el torturador, sonriendo al camarogrófo.

El grito colosal del padre impregno la atmósfera con una densidad absurda y cortante. Un grito lancinante de desesperación cortado por el paño en la boca. Más que sufrimiento, más que angustia, quizás incluso más que dolor. Algo inexplicable que parecía desgarrar la piel de golpe, de todo el cuerpo. Parecía arrancar todos los dientes, todas las uñas, todo el pelo. Una sensación tan absoluta  de inutilidad humana que todas las cosas del mundo se volvieron más pequeñas, pequeñas, despreciables.

Todo dolía tanto que nada más valía a pena.

—        ¿Le gustó, diputado?Pero aún no ha terminado, tenemos otra sorpresa para ti.

La víctima ya no expresaba ninguna reacción, respiración ahogada, pesada, dificultosa. Tenía un llanto profundo por dentro. Personal. Único. Dolido. Terriblemente dolido. Como si ya fuera un muerto que aún respira.

Un gesto del hombre hizo que el tipo del martillo tomara la iniciativa de tirar de la cabeza hacia atrás del diputado por los pelos, mientras que otro tipo enorme surgió con una gran botella de agua. Unos 20 litros tal vez. Pusieran una tela en el rostro de la victima tapando boca y nariz y pusieran la agua poco a poco, ahogándole .

Ni así reaccionó el hombre, solo expresó la desesperación de la respiración cortada, casi imposible, tuve convulsiones, pero nada más que la reacción meramente de los intestinos  ante la circunstancia presentada.

—        Tienes que estar muy atento, estás casi dormido.

Nosotros cuidamos de esto.

Ante esta nueva orden, el grandón apunta nuevos clavos a las muñecas de lo torturado. Uno a la vez, uno en cada muñeca. A la altura de las juntas. El martilleo fue acompañado por el crujido de los huesos. De desgarro. Sangre brotando, una vez más. Dolor alucinante. Pero el torturado ahora apenas sacudió su cuerpo. Ni siquiera un grito. Solo un gruñido bajo. Un sonido gutural, amortiguado, medio muerto.

Sujetando a la víctima nuevamente por el pelo, el hombre dirigió su cabeza hacia otro monitor de video. La imagen era ahora de su esposa. Desnuda. Atada a su cama. Con los ojos vendados y amordazada. Sangre corriendo entre sus piernas, de sus pezones, de su boca, de sus oídos. La piel blanca, completamente blanca. De hecho, sin color, sin matiz, sin vida.

Un rugido muy parecido a un grito espantoso de no se apoderó del ambiente. El rostro de la víctima se petrificó. Miedo. Pavor, pánico, rabia, odio, repulsión, todo pasaba por los ojos del diputado. Todos los malos sentimientos arraigados, mezclados, unidos en el globo ocular expuesto, en la parte blanca, rodeando la parte oscura. Los ojos entornados, fijos y con fuerza apuntando a la tragedia, reflejaban la desgracia humana.

—        Mire, diputado. ¡Mira qué cosa hermosa! Esa carne blanca que tanto amabas va a ser aplastada pronto. Una delicia. Su esposa nos ha dado un raro espectáculo de libertinaje. No uno, ni dos, sino tres soldados han estado con ella desde por la mañana. ¿Ve las marcas, diputado? Los dientes y los dedos se veían a través del enrojecimiento del cuerpo de su amada, lástima que ahora no podía verlos.

Indicando con el dedo en la televisión.

—        Los pechos, el culo, los muslos, la coña, mire. Nuestros  chicos  han hecho todo por usted, diputado. De lejos se ve que su mujer siempre mereció ser violada, sojuzgada. Ser devorada así, por tres, cuatro, cinco. Con fuerza. Con todas las artes de dominación, de forma absoluta. Mira diputado Aprecia la belleza de una violación realizada con los refinamientos del arte.

Acercándose al torturado, el hombre se quitó el dispositivo de los ojos y el pañuelo de la boca. Acarició la cabeza del diputado. Se alisó el pelo. Pasó los dedos por el charco de sangre en la mesa, luego se los llevó a la boca, saboreando el sabor con satisfacción. Orgulloso, halagado, encantado por su trabajo, pasó cariñosamente la mano   por el rostro del hombre que se desangraba. El hombre muerto, o casi muerto.

El tipo del martillo se acercó a él. Contemplaron juntos durante algún tiempo la agonía del torturado. Los últimos suspiros, los últimos rencores, las últimas aflicciones.

Arrastrando los labios y sacando un eructo de voz de su garganta, haciendo todo lo posible para que el garabato sonara claro, el torturado aún se arriesgaba a una última pregunta, mientras esperaba que la sangre abandonara sus venas por completo.

—        ¿Por qué?

El torturador respondió suavemente.

—        Porque me gusta, porque quiero y porque puedo.

Esperó un poco más hasta que la vida había huido por completo del cuerpo dañado. Ambos hombres sonrieron felices, con los ojos llorosos.

Apagaron las luces y salieron del local.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PODER DEL MONSTRUO

El asesinato tuvo lugar antes, hace meses. A mediados de mayo. Trece de mayo, más exactamente. Fecha de la liberación de los esclavos, de los negros. Fecha que hace referencia a una libertad que llegó sin lastre, sin estructura, sin apoyo, sin una conciencia absoluta que realmente significa ser libre. Fecha de una liberación que vino, pero no alcanzar hoy.

Una liberación que todavía pugna por llegar al corazón de quienes acumulan recursos y ejercen el poder.

Tres y media. Los chicos estaban caminando por la ladera, temprano en la mañana, después del baile funk. Estaban contando sus culos, alardeando de las mujeres que tomaron o lamentando las que no.

En la calle de abajo, al final de la colina, uno de los chicos se detuvo en el grupo y siguió sus pasos solo. Vivía cerca, trabajaba al día siguiente, caminaba a casa, cerca, todavía emocionado por el desorden despreocupado.

En medio del camino había un hombre muerto. En la siguiente esquina, un cuerpo yacía en el suelo cubierto de piedras frías. Adoquines. El chico no lo sabía. Ni siquiera lo había visto todavía. Solo miro la policía sujetando su brazo y dando voz de prisión.

—        Estás preso, gritó el policía.

Salió de detrás de una pared y asustó al chico. Tenía otros , dos más, a su lado. Detuvieron al chico. Lo llevaron a la comisaría.

El muerto seguía tirado en la calle. De espaldas para el suelo. Blanco, delgado, ojo abierto. Había gente alrededor. Ruidos. Nadie sabía quién era, pero el sujeto estaba muerto. Agujeros de bala, algunos, esparcidos por todo el cadáver.

En la falta de nombre, quedó “¡El muerto!”.Nadie sabía por qué lo habían matado. Necesitaban saber quién y por qué. No haces eso. No matas a alguien a menos que sepas quién es.

Y el chico pasaba enseguida. Era negro. Negro y pobre. El perfecto asesino paseando por la madrugada.

En la comisaría, llevaran al chico en un rincón. En una celda. Llena de bandidos. En medio a manada.

—        No fue yo, no fue yo, no fue yo.

El chico pasó la noche gritando y nadie se importó. Nadie vio ni oyó nada.

En la primera oleada, untaron al chico la noche entera. Geni, zepelín, cigarro, destrozaron el alma del sujeto. Hicieron de todo. Y al día siguiente nadie sabía lo que había pasado. Cara hinchada, cortada, arrugada, cuerpo dañado. Sin pomada, sin ungüento. Luego vinieron más. La manada en cola se revezando en la sesión de golpes. Sin charlar, amor o misericordia. Sin derecho a no hice nada. Sin no era yo. Sin regla. Sin corte, ni vara, ni juzgado.

Al día siguiente, todo de nuevo. Y luego más. Una herida sanando mientras otra se abría. Días, semanas, más de un mes. Un tiempo hecho de palizas. Agresiones sucesivas, miedo, daño, dolor, humillación, sodomización forzada.

Hasta que el demonio que habita en el alma de los desesperados explotó y el chico le dio alas al insano destino. La sangre le subió a la cabeza, hirvió y casi se le escurrió por los ojos. La carne estremeció. Los músculos se tensaron, por todas partes, por todo el cuerpo, y los lóbulos de sus ojos se desorbitaron en un fervor visceral. Monstruo. El chico se convirtió en un monstruo.

Se subió encima del verdugo, reaccionó, sacó las últimas fuerzas que venían, quizás, del infierno, y atacó hasta lograr acabar con cada uno de sus agresores.

Al tipo más cruel de la cárcel, le hincó los dientes. En la garganta. Mordió y rasgó la vena. Permaneció aferrado al mordisco mientras su cuerpo se retorcía. Lo dejó caer solo cuando nada más se movió. Muerto. El tipo más malo del mundo yacía en el suelo helado de su celda.

Partió por encima de otro y luego de otro y de otro. Trucido. Desgarró a los golpeadores. Más cruel que los hombres  malos.

La administración de la prisión estaba aterrorizada. Masacre dentro de la celda. Salió en el telediario. Se convirtió en una telenovela. Refinamientos de  crueldad, como solían decir. La tele repetía todo el tiempo.

La prensa, el estado, el gobierno, el alboroto. El monstruo se ha convertido en el ejemplo de todo lo que es malo en el corazón de la humanidad. El monstruo, el deshumano, el  cobarde, el sujeto que mato los amigos de la celda, pobres. El sujeto que hice jora sangre en la garganta del estado. Portada de periódico, revista, portal de internet. Discurso de político. Estampada en el universo está el rostro del hombre malo, perverso, enemigo del pueblo, de la vida, de la sociedad.

Cueva. El animal vive en la cueva. Calabozo. Sin gente alrededor, sin contacto, sin nada que pueda despertar la rabia sanguinaria de un ser animalizado. Treinta días. Sesenta. Ciento veinte. Aislamiento eterno, infinito, para proteger al mundo de un hombre y sus males. En el camino de regreso, todo de nuevo. Masacre en la celda. Prisioneros muertos, caos eterno, sangre en la boca, refinamientos atroces.  Vete a la cueva y vuelve. Mata al mundo en cada pasaje.

Y el chico que ya no era chico logró escapar por un camino abierto por los bandidos. Esquema torcido, mucho dinero. Pasando de mano en mano, guarda a guarda, carcelero a carcelero. Reservista, soldado, teniente. Director y Secretario. Mucho dinero. Mucho. Dejaron libres a los bandidos para celebrar la farsa del sistema de los presos. Y el monstruo huyó junto. Siguió al demonio en sus pasos.

En la calle, se volvió más monstruo, más y más. Tomaba de los demás todo lo que le interesaba. El dinero, la casa, la esposa, la propiedad. Atacaba. Agredía. Mataba por vanidad, por poder, por aburrimiento, por odio consolidado. Adquirió poder de muerte y dinero. Acumulo todo lo que pudo. Se hizo dueño de la ciudad. Se volvió extracto de ira cristalino y  concentrado.

Pastor, gobernante, sacerdote, juez, decano, todos se convirtieron en lacayos. Todos se convirtieron en objetivos, focos de la  desgracia. Todos eran farsantes. Ladrones. Canallas. Muerte a uno y a todos, decretó el chico que se volvió monstruo.

Cuando un pastor exigió, a gran voz, en la plaza, los diezmo de los fieles, humillando en público a las personas que no pagaban, el monstruo decidió tomar el dolor de los creyentes y mandó invadir la iglesia. Sillas en la calle y incendio. La iglesia ardió. El pastor fue arrastrado, torturado y arrojado a las llamas. Incluso aquellos a quienes no les gustaba el sacerdote lloraron. – ¡Maldad! El animal era un ladrón, mezquino, barato, escroto. Seducía a las mujeres de los fieles, tomaba dinero de los hombres. Vendió agua bendita, palos ungidos, hizo el demonio. Sacó todo el dinero que pudo del bolsillo de todos los miserables, todo en el nombre de Dios. Pero la gente tuve pena.

Nadie merece morir así, quemado.

El procurador del todo poderoso quemaba en el fuego del infierno, gritaba su desesperación. Y el monstruo allí, observando. Disfrutando de la barbarie. Orgulloso de su logro.

Unos días después fueron, los policías quienes lo arrestaron arbitrariamente. Eran tres. Todos negros. Todos uniformados irremediablemente. El monstruo les ordenó rodear,

desarmar, tomar sus garrotes y golpear. Hizo que cada uno de ellos fuera golpeado con su propio garrote.

Cada policía siendo atacado con su propio instrumento de tortura.

—        A la cabeza, ahora. A la cabeza. A la rodilla ahora. Golpea. Más fuerte.

El chico convertido en monstruo daba órdenes claras. Sangre. Quería ver gotear jugo de los cráneos de cada uno de los malditos. Quería huesos rotos. Quería dolor. Más que dolor. Quería algo más allá de lo tolerable. Más allá del insulto, más allá de la humillación, más allá de esa acción grotesca que convierte  los hombres en monstruos, quería más. Hizo tirar a los soldados en coches, cada uno en un coche, aún con vida, llevados a sus casas. Cada cual para la suya. Casi muertos. Estropeados. Esqueletos rotos. Trozos de carne cruda sangrando sin sitio en el mercado. Tirados en el piso de la casa, cada uno en su sitio, frente a su familia, cada uno sangrando con su ropa, cada uno con su uniforme.

Ordeno matar las familias, a cada una de las familias, ante los ojos vivos, aterrados, ojos abultados. Ordeno matar uno a uno. Esposa, madre, hijos, perro. Ordeno matar todo que estaba vivo y tenía algo que ver con los soldados. Ordeno matar con amor y odio, como si pudiera enseñar a los soldados lo que hacer para impedir que chicos se transformase en monstruos y volvieron en contra sus creadores.

Llegó la policía. Coches y más coches en la favela. Sirenas. Armas. Armas cortas, pistolas, rifles, armas pesadas. Gusto de sangre en la boca. Rambos de todos lados entre los muros y casas pobres, por las calles de la favela. Balas, muchas balas. Blindados llevando las casas y la gente por donde pasaba. Todos presos, todos.

El monstruo  mirando desde arriba, desde una terraza del infierno. Sus bandidos se dispersaron por todos los sitios del local. Armados hasta los dientes. Ordeno fusilar a los soldados en cuanto cruzaran la entrada de la favela. Ataque. Munición pesada. Fusil, bazuca, bala de plata. Y los cuerpos de los soldados girando, desgarrados, brillando dentro   de sus uniformes.

—        Es guerra. Solo. Más nada.

Comentó la prostituta que pasaba por el callejón arrastrando a dos muchachos, uno en cada una de sus manos.

El gobierno envió el Ejército. Más fuerza, más respecto, más miedo en la multitud. Soldados verdes, todos muchachos. Sin sentido, dolo, o  motivo. Mocosos tontos y

imberbes, jugando a ser generales. Tanque de batalla. Explosivos. Alta tecnología. Cañones más grandes que la luna. Dinamita, bomba de neutrones, machete, espada, daga. Televisión emocionada. Mata uno, cincuenta, mil, mata las flores del patio. Mata a los niños, al perro, al canario. Mata todo, mata al hombre y al animal, mata con pasos de baile, todo se convierte en noticia.

El ejército iba subiendo el morro. Por el camino, abusando. Humillando a la patulea. Como siempre. Como si el pueblo se prestaba para eso, para ser ridiculizado por aquellos que tiene la fuerza.

Un arma en la cara de un padre, una mano en el trasero de una hija. En el pecho, en el coño. La risa de la perversión, de la maldad, de la ironía que proporciona el ejercicio del poder. El degradante placer de los omnipotentes. El brillo apagado, los vicios, la conducta obtusa, cobarde y atrasada de las fuerzas que debían defender al pueblo.

Y el monstruo está arriba. Mirando. Reparando cada gesto y cada agresión sufrida por los transeúntes. Era como mirase a los ojos de cada chico, cada tonto, cada soldado. De cada maldad practicada por cada poderoso agente del miedo y de la desgracia.

Explosión en la plaza. La estela de un tanque estalló. Fuego, metrallas y dolor sobre el público, sobre la gente que pasaba. Soldados, trozos de soldados, de muchachos, volaban sobre las cabezas de los maltratados, de los pobres y humillados. Era una bola de fuego. Un proyectil. Un mortero. Un tiro de una cosa muy grande, una bala enorme

que destruyo los chicos que jugaban de hacer guerra. Que incendio las caras y cuerpos que lo acercaban. Más balas. Más bombas, más guerra, más todo. Más fuego por la favela. Más muertes. Más destrucción.

Los generales perplejos, no pudieron creer, siguiendo de lejos. Autoridades jurando venganza, en sus palacios. Senadores, diputados, alcaldes, concejales, todos los ricos del mundo lamentaban lo que había sucedido. Chabolas quemadas. Cuerpos desnudos, destrozados, en las escaleras de la favela.

La imagen de la fatalidad convirtiéndose en más novedad en la pantalla   de cada tele. Mata, mata, destruye, aniquila, mata más. Reportero, comentarista, celebridad, gobierno. Mata más, mata más. No es suficiente. La gente protege a estos monstruos. Deben morir en la cruz.

El asombro ruge en el alma de toda ciudad, del estado, del país. Tragedia romanceada. Los muertos – soldados, bandidos, pueblo – cuerpos todos mezclados. Sangre en toda favela. Irremediablemente rojo. Los hombres y mujeres con sangre azul no mueren así,

reflexionó el monstruo mirando el cuadro desde lejos, desde lo alto de una roca, en lo alto de la pobre colina. Monstruo solo mata, no muere.

El monstruo miraba la guerra que había creado en la favela y extrañamente lloraba. Lágrimas corrían sueltas por su rostro tenso. Lágrimas de ira, no de dolor. Lágrimas de tensión y irracionalidad. Cosa de ira, de frustración, de venganza. Cosa de odio profundo santificado. Lágrima de monstruo cayendo como la lluvia, como las aguas  de marzo que cierra el verano brasileño.

Los dueños del poder decidieron destruir al monstruo. Malhechor, maldito, asesino, endemoniado. El Estado tiene que reaccionar. Tiene que arrestar, matar, masacrar, tiene que eliminar el terror de la faz de la tierra. Hay que matar a los monstruos para promover la paz y sembrar a Dios en el corazón de las personas. Hay que honrar los uniformes, los trajes y corbatas, los contratos, los acuerdos, el orgullo y los tratos que solo se pueden celebrar en tiempos de paz. Muerte a los monstruos, matad a los bárbaros. Muerte a los agresores del mercado.

Querían al monstruo muerto, pero  servia vivo. Para ensenar  frente a las cámaras de televisión, mostrando  quién comandaba. Presentar al pueblo a su verdugo. Ganando votos, ganando la confianza de los vivos, de los que quedaran de la carnicería. Viudas y viudos, huérfanos, amigos, el resto de la gente humanamente quebrantada que aún seguía viva ahí fuera. Gente todavía utilizable en el momento de las elecciones.

Entre el odio de uno y las artimañas del otro, el pueblo permanecía estático. Inamovible. No había nadie que quisiera tomar partido en la batalla.

Las personas son personas, los bandidos son bandidos y el poder es poder. Por separado, ellos roban y matan. Juntos, ellos roban y matan. Y la gente simplemente muere.

Los medios gritando, llamando al pueblo, avivando, clamando, novelizando, llamando a la venganza, y nadie va. Ellos querían manifestación en la calle, discurso de revuelta, la gente pobre llorando, gritando, tirando el pelo delante de las cameras, pero el pueblo no iba. Celebridades en la tele, llamando el pueblo. Y nada. Líderes políticos aliados al poder. Nada. Youtubers, payasos, bufones callejeros, artistas adestrados. Nada. El pueblo  no iba. No se juntó. No tomó partido. El pueblo apenas recogió mas una parcela por extraña y tenebrosa de sus dolores seculares y volvió para llorar sus muertos.

El gobierno acusó al pueblo de ingrato, pasivo, conspirador. Los analistas de los medios declararon que si el pueblo no reaccionó es porque les gustaba. Todos se volvieron

malos. El pueblo es malo. Hombres y mujeres. El pueblo no viene se juntar para luchar contra los bandidos. El pueblo no se organiza para apoyar sus lideres, sus gobernantes, sus jefes. El pueblo no colabora. El pueblo apoya  bandidos  y asesinos. En las televisiones, en los diarios, en internet, todo se decía en contra de la pasividad de la gente. Todo quedó expuesto. Agresividad pura, lógica cartesiana. Puro ejercicio del poder. Discurso de manipulación y orquesta, pero al pueblo no le importó. Nadie salió a la calle.

a favor del gobierno, ni para apoyar al monstruo. Era como si la miríada de cuerpos flotando en la sangre fuera solo otra tragedia entre otras. Era como si nada, ni nadie, pareciera digno de confianza. Era como si el dolor de cada uno se contrajera dentro de su propio pecho y estuviera oculto a las especulaciones, tanto sobre el crimen como sobre el poder. Era como si la gente no se sintiera parte de nada de eso. De ese arreglo, de esa configuración, de ese sistema donde la gente solo entra a pagar la cuenta. Si no muere en la mano de uno, morirá en la mano de otro. Era como si la gente se entregara sin letargo al ver que el pueblo solo sirve  para financiar el poder y después  morir, sacrificado a todos los poderes, sea la policía, el gobierno o el Dios del mercado.

Cuando el polvo se asentó, los cuerpos fueron recogidos y las calles limpias, el monstruo actuó de nuevo. Faltaba uno. Un  verdugo. Un sinvergüenza. Un responsable por su conversión en monstruo. Faltaba el hombre que lo arrojó a las bestias, quien ignoro los dolores del chico y lo entregaron a las hienas. Faltaba  el bastardo que lo sirvió en bandeja, aquel que permitió que su cuerpo fuera mutilado y su alma destruida para siempre. Faltaba el director. El hombre que hizo monstruos en cautiverio, en el calabozo.

El monstruo ordenó invadir la residencia del director de la prisión y matar a todos, a toda la familia. Hombre, mujer, niño, perro, igual que los policías que la detuvieron, pero ahora, en la casa burguesa, también mataron a la sirvienta. Hizo quemar la casa con los cuerpos adentro. Luego hizo colgar los cadáveres carbonizados en el muro. Ordenó que todos fueran expuestos a la deshonra, a la burla, al escarnio, a curiosidad pública. Ordenó matar, mutilar y luego humillar a los muertos. Un nivel muy alto de deshumanizad   para compensar la creación del monstruo. Para vengarse. Tenía que ser algo serio. Algo estúpido. Algo tirano. Algo que pudiera poner celoso al diablo todos los días, hasta el fin del mundo. Algo que pudiera mostrar al universo  el tamaño del agujero que puedes cavar en el pecho de un hombre para convertirlo en un verdadero monstruo, digno de ese nombre.

La ciudad se derrumbó, aterrorizada. Ciudad, estado, país. El mundo entero quedó conmocionado por la violencia aplicada a las ejecuciones. Más alboroto. Más medios, más telenovelas, más celebridades, más comentaristas, otra semana de cobertura impactante. El silencio de los muertos y los gritos de los cobardes. La animalidad. La impunidad del bandido, del asesino, del monstruo. Reporteros indignados, discursando todo el día. De nuevo las autoridades. El día de la tele se convirtió en la cobertura de la desgracia. De la tragedia. De una matanza entre las muchas que poblaban el programa a diario, todo el tiempo. Pero ahora era el monstruo. El hombre perverso. El objetivo de  todos los dardos y el agua que brota envenenada de todas las fuentes del planeta.

—        Y la gente no hace nada.

Gritó en la televisión la celebridad, sin saber siquiera a ciencia cierta de qué estaba hablando.

Se reunieron los hombres del gobierno. Todos los gobiernos. Tenían que atrapar al monstruo. Tenían que arrestar, que matar, que destruir, aniquilar para siempre la amenaza. Tenían que restablecer el equilibrio y eliminar el sentimiento extremo de miedo, de espanto, que impregnaba el corazón de todas las fieras que controlan la sociedad.

Más soldados en las calles. Más ejército, más armas. En el asfalto y en la favela. En todos los morros. En las playas, en las calles del Centro, en la abandonada región de la Baixada Fluminense. El miedo para contener el miedo. Las armas para contener las armas. El monstruo era más que  crimen. Era de vida o muerte. Era el factor decisivo que determinaría la victoria en cualquier movimiento siguiente. Era la pieza más peligrosa del tablero. Un peón en la octava casilla potenciado en un caballo.

Pasaron los días y nada. Soldados y más soldados, verdes, azules, blancos, todos los uniformados deambulando por los caminos sin encontrar ni rastro de paso alguno del monstruo. Ni olor, ni color, ni rastro. Soldado invadiendo casa, golpeando, humillando el pueblo, escupiendo en los retratos más antiguos de las familias, presionando, agrediendo, molestando, sin que nadie dese una pista del monstruo o de sus acompañantes.

Los medios continuaron alborotando. Exaltando la acción de los soldados, los protectores del pueblo, los guardianes de la libertad. Los héroes del simulacro vistos en la tele, al final de la tarde. Cuanto más los soldados golpean, mas el pueblo engole

y cala. No habla. Los medios de comunicación culpando el pueblo por ter nacido, cobarde. Por no colaborar. Por se recusar a desvelar el destino del monstruo. Pero el miedo que ellos tenían, los medios de comunicación, los poderosos, los gobernantes, a los ojos del pueblo era casi nada. El miedo que ellos estaban experimentando era común en la favela. Era miedo tonto. Cosa de mimados que no saben ni lo que es la adversidad. El miedo de la gente era mucho más denso, más grave, más pesado. El miedo de la gente era todos los días, desde el amanecer hasta el anochecer. El miedo a la gente era tan intenso que nació con él, dentro de su vientre, y naturalmente se convirtió en parte de su trama. En la mente de la gente, este grupo de gente rica ni siquiera sabía realmente lo que era tener miedo. Lo que llaman miedo es solo el riesgo de perder el control de las cosas. Miedo de perder el derecho de golpear el pueblo y disfrutar libremente sus recursos.

En el fondo, en el fondo, el miedo de esta gente era solo el miedo a convertirse en pueblo, sin lastre. Sin esperanza; sin nadie para pagar las cuentas al fin de cada borrachera.

En un día cualquiera en lo cual nadie esperaba más nada; cuando los soldados en las calles golpeaban a la gente más por diversión do que en el cumplimiento de algún deber ; en uno de esos días soleados, como cualquier otro, sucedió algo inesperado.

El gobernador se regodeo frente a las cámaras de televisión, exaltando el aparato de poder instalado para capturar al monstruo.

El alcalde publicó notas oficiales declarando el compromiso de su administración de colaborar con el gobierno para encarcelar al mayor enemigo público de todos los tiempos, con la ayuda de Dios, por supuesto.

Reporteros, comentaristas, presentadores y un sinfín de expertos lucían en las caras y las bocas, los ojos muy abiertos, en la estupefacción teatral y en la agresividad oratoria con la clara intención de llamar la atención de la población sobre la agenda del momento, la persecución del monstruo.

Ignorando todo esto, apareció un hombre en cierta acera de la ciudad. Cruzó la calle, tranquilo y apacible, mirando a su alrededor con toda la atención del mundo. Se detuvo un momento en la puerta de un edificio y observó el movimiento. Escuchó fragmentos de conversación, notó los rostros, algunos tensos y otros absolutamente relajados, sonrió, aparentemente sin razón específica, y entró a la comisaría por la puerta principal. .

No dijo una palabra siquiera, y nadie  le preguntó. Vio un letrero, en la puerta de un despacho, que decía la palabra DELEGADO. Entró y se paró frente a la mesa de la autoridad policial. En pie. El delegado entró en el despacho, luego dio la vuelta al cuerpo del extraño, se acomodó en su silla y, con recelo, llevándose la mano discretamente al arma que colgaba de su cintura, le preguntó al hombre dónde podía serle útil. El visitante simplemente estiró los brazos hacia adelante, ofreciéndose un par de de esporas.

Era el monstruo.

La noticia salió  en todos informativos. Surgieron versiones absolutamente variadas y creativas en los medios de comunicación en general y en las redes sociales. Los gobernantes vitorearon, cada uno aportando méritos para el arresto del bandido.

Nadie habló de rendición. Oficialmente, era una prisión. Valientes soldados habrían invadido la guarida del villano. Vidas en riesgo, bombas, muchas bombas. Disparos contra policías, jefes de familia. Heroísmo de la tropa. Francotiradores. Rambos tupiniquíns. Manadas de hombres uniformados irrumpiendo en el escondite del monstruo y arrancándolo, vivo, ileso.

Gobernador celebrando en vía pública. Gol. Gol de Brasil.

La burocracia siguió su curso. Mientras el gobierno conmemoraba, se abrieron averiguaciones, se hicieron denuncias, se llenaron papeles. Policía, estado, fiscalía, todas las armas de la ley movilizados  para tratar del asunto.

En cada etapa, boletines a los medios. Esto se hizo, eso se descubrió, eso otro se descubrió también . Fue casi un proceso abierto realizado por laicos, curiosos y periodistas. Todos los héroes de la patria, todos los guardianes perennes de la nación se sintieron con derecho a opinar, después de todo, él era el monstruo, el enemigo de todos.

Duró poco tiempo, fue rápido, la cosa llegó al poder judicial. La  fiscalía quería sangre, pedía más de 100 años. Sin derecho a nada. Ni progresión ni beneficio. Ni presente ni futuro. No hay perdón, solo el pecado. Crimen y castigo. Para siempre, para todos y para siempre. No hay derecho a la confesión divina ni a la penitencia. Sin derecho al amén de ninguno sacerdote. Sin oración. Sin misericordia. Sin padre nuestro y sin ave Maria. Solo el látigo balanceando las blancas manos del carrasco.

Plena cobertura en el juicio, autorizó el juez. El gran final de una ópera cómica donde todos los poderosos se adjudicaron el protagonismo. Todos en primera fila. Esposas,

amantes, asesores, amigos, todos juntos en la platea esperando la condenación del monstruo y el consiguiente triunfo, la gloria, los laureles de la victoria para todos los involucrados.

Un pequeño grupo de poderosos héroes que, a cambio de nada, dejarían su nombre grabado en la memoria del pueblo.

El monstruo fue traído esposado. Cadenas en sus pies y manos. Policías enormes arremetiendo  el criminal. Tipos absolutamente gigantes. Estaba sentado frente a la jueza. Los reporteros ajustaron cámaras, los técnicos ajustaron el sonido, los hombres poderosos perfeccionaron su pose para la posteridad. Los presentadores ensayaron caras y bocas. Todos verificando bien los detalles del espectáculo.

La magistrada respiró hondo, comprobó la conclusión de los preparativos realizados por cada uno de los presentes, sonrió a las cámaras y, dirigiéndose al monstruo, dio inicio al juicio.

—        Tu nombre para los autos.

No hubo respuesta. El monstruo se quedó mirándola.

—        Su nombre para los registros, eso es una orden”, insistió.

—        Tú no das órdenes.’ Replicó el monstruo.

—        Usted está en un tribunal, yo soy juez. Diríjase a mi como Vuestra Excelencia y obedezca mis órdenes.

—        Di tu nombre para los autos.

—        Esto no es un juzgado, es una telenovela. No eres una jueza, eres una perra domesticada que custodia las posesiones de los poderosos. No te llamo excelencia porque tú no eres excelente. Y usted no me da ordenes.

Una interjección asombrosa de espanto sonó colectivamente  de toda la audiencia. Una especie de vergüenza personal quedó expuesta en los rostros de todos los presentes. La voz de la jueza se congeló en su garganta por unos momentos. El gobernador, el alcalde, concejales se sintieron personalmente agredidos por la osadía del monstruo.

—        Tu nombre para los autos. Estoy ordenando. Di tu nombre ahora.

Gritó la jueza, su voz ya chillona, demostrando una ligera pierda del control.

—        Tú no mandas. Tú no pides. Tú no insistes. No eres nada y no recibo ninguna orden tuya.

—        Respéteme señor. Soy una magistrada. Si no cumple con las órdenes de este tribunal, haré que lo arresten.

—        Más¿ Vas en arrestar más? Ya estoy atascado, estúpida. Y no te doy  satisfacción. Disfruta. Estoy aquí para asegurarme de que puedas jugar a Barbie en esta casa de fantasía de la corte.

Los presentes se sorprendieron. Expresiones confusas flotaban en el ambiente. Risas nerviosas, muecas, sentimientos de pánico y impotencia. Cierto miedo. Cierta incredulidad. Cierta desesperación ante la insólita escena. Algún sentimiento de lástima por la jueza. Una cierta solidaridad. Una tensión angustiosa y variada que recorre el espacio vacío entre las personas.

La jueza, molesta,  golpeaba el mallete y gritaba  al acusado.

—        Respétame. Respeta este tribunal. Respeta las leyes. Respeta la Constitución. Tu nombre. Ahora. Diga su nombre para los autos entonces les condeno a revelía.

—        ¿Cómo me vas a condenar si no sabes mi nombre?

¿Tu eres loca?

—        Ya se tu nombre cabrón. Quiero que lo digas y lo va a decir, infeliz. Yo te condeno. Respetame si no te condeno

El desorden de la magistrada, los gritos, la evidente torpeza, el desequilibrio, todo se manifestaba en sus gestos, en su rostro, en su voz.

—        ¿Estás nerviosa, perra?  Provocó al monstruo.

—        Perra es tu madre. Perra es la puta que lo parió. Tu hijo de vaca. Di tu nombre, maldito. Di tu nombre que voy destruir tu vida. Te encerraré en una celda y tiraré la llave.

Abogados y fiscales se apresuraron a socorrer a la jueza que gritaba, temblaba, gritaba y mostraba el más absoluto descontrol. Las cadenas de televisión filmaban todo. La magistrada tuvo un ataque de ira. Feroz, agresiva, desquiciada. Todo en directo. Todos viendo todo. La gente se reía frente al televisor. Se reía a carcajadas.

El monstruo serio, mirando a los ojos de la jueza. Y ella  desesperada. El monstruo quieto. Inmoble. Mudo. Y ella necesitando ser contenida por los abogados y fiscales. Necesitando ser amparada. El odio de los presentes por el monstruo quedando como una broma en la boca de la jueza loca.

Y la gente en casa, viendo por la televisión, se ríe por diversión.

Agua azucarada, calmantes, consejos, caricias, le dieron todo a la jueza. Y ella jadeaba. Las lágrimas brotaban de sus ojos a su rostro distorsionado por la ira. La mujer tardó unos buenos minutos en recuperar la compostura e intentar encontrar un poco de sentido común en el insólito episodio.

Reanudó el juicio, aparentemente más tranquila. El fiscal pidió que se suspendiera el trabajo, ella dijo que no. El defensor público, en un manifiesto oficial, reconoció el drama de la situación y pidió un aplazamiento. Ella lo negó. Ahora quería al monstruo. Quería la sentencia. Quería, frente a todos, vengar lo sucedido. Leyó el nombre completo del monstruo, lo que constaba en el proceso, y declaró reanudados los trabajos.

Leyó la interminable lista de delitos atribuidos al acusado. Hice consideraciones en cada uno de ellos, exacerbando los aspectos más crueles, más nocivos, más dañinos para la vida humana y el orden público. Analizó el perfil psicológico del monstruo. Perverso, agresivo, psicópata. Hice consideraciones sobre las viudas, los huérfanos, los ricos y los pobres, el charco de sangre que el monstruo había producido en su viaje por el mundo del crimen.

El defensor público trató de argumentar, no se lo permitieron. Los abogados intentaron hablar. Fueron silenciados. La dueña de la corte, dueña de todos los votos y guardiana de todas las palabras, proclamó la sentencia mirando a los ojos del monstruo. Treinta años por un crimen, veinte por otro, veinte más por otro, y otro, y otro, sumando una eternidad de años de prisión. Cada año sentenciado con placer. Con satisfacción. Con felicidad.

Leída la sentencia, mirando a los ojos del monstruo, enfocada por las cámaras de televisión, micrófonos y teléfonos celulares previamente autorizados en el recinto, la jueza se sintió fuerte, se sintió segura para enfrentar al monstruo una vez más. Se sintió capaz de enfrentarlo. Pasó a mirar lentamente todo el público, deteniéndose, por un momento, en las autoridades, y se dirigió hacia el acusado.

—        ¿Es consciente de que acaba de ser condenado a muchos años de prisión?

—        Yo sí”, respondió el monstruo. “Eres estúpida, pero eres valiente.

La mujer tragó saliva, pero siguió el procedimiento, sin perder la compostura.

—        Declaro que el acusado tiene conocimiento de las decisiones tomadas hoy en este tribunal.

El monstruo se levantó rugiendo, extendiendo sus manos encadenadas hacia adelante y señalando al magistrado, soltó un grito monstruoso, aterrador, extraño. Golpeó al policía a su lado y saltó hacia el jefe de la corte, el otro policía disparó. Uno, dos, tres tiros certeros. El cuerpo cayó sobre la mesa, delante de la jueza. Manos con sangre, herido gravemente, el monstruo acaricio el pelo de la dama y sonrió.

—        Ahora sí, fue dada mi sentencia.

Habló con una voz suave llena de afecto inesperado.

—        Ya condené a mis acusados y apliqué la pena. Ahora debo seguir adelante. La sentencia puede ser tuya, pero mi pena o la hago yo.

En una última convulsión de agonía miro el recinto. No se detuvo en nadie. Miró la lámpara del techo, dio un suspiro y murió. Casi en los brazos de la magistrada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PIJA

Patrícia vendía cocos en la playa. Doce años. Tan hermosa como cualquier niña de doce años. Vivaz, lista, sonrientes. Vendía más que sus compañeros de trabajo.

Su padre era marinero que partió en sus primeros llantos, así que salió de la barriga de su madre, una chica del muelle. Ni muelle había más. Solo imagen. Marineros fiesteros en busca de profesionales del sexo que ofrecían sus servicios honestamente. Patrícia era eso. Hija del amor vaporoso del muelle. Había una canción sin vida  que tenia ese tema.

No se sabe si tenía hermanos. Y si los tuvo, no se sabe cuantos muchos o pocos. No importaba si los tuvo o cuantos fueron. No vivía con ningún hermano. Vivía sola con su madre, debajo de un viaducto relativamente cerca de la playa.

Era, en su concepción, algo muy cercano al concepto que la gente tiene del paraíso.

Con el dinero que ganaba compraba comida, que su madre cocinaba en latas sobre un fogón improvisado. Era nuestro pan de cada día. Cada vez menos pan, para cada vez más días. La madre también hizo lo posible por conseguir dinero. Ya no tenía nada que ofrecer, pero lo ofrecía. Y había quien quisiera al menos el cariño de una boca vez en cuando. Patrícia siempre miraba a su madre, mirando desde lejos, vomitando el mundo para ganar dinero.

En la playa aprendió a aprovechar las oportunidades. Se una persona venia  con deslumbrantes, como  la niña amable, linda, la niña preciosa, o lo que sea, ella se entregaba en sonrisas. Simpática. Siempre conseguía algunas propinas.

A los bañistas les gustaba Patrícia.  Unos más, otros menos. Algunos compraban el coco solo para ayudar, otros ofrecieron ventajas a cambio de favores. Había un tipo, entre tantos, que la llevaba a un rincón, detrás de las piedras, y le acariciaba su cuerpo. Doce años. Le pidió ella que lo acariciara también. Pagaba. Patricia ni siquiera lo sabía a ciencia cierta, la mayoría de las veces, porque a algunos hombres les gustaba. A ella solo le gustaba el dinero, como le había enseñado su madre. A veces hacía como su madre: ofrecía su boca al cliente. A veces sus manos. A veces dejaba que el hombre se entretuviera. El dinero era bueno. Ella compraba comida. Y su madre siempre estaba feliz cuando llegaba el dinero.

De la playa al viaducto y viceversa, todos los días. Pasó el tiempo y Patrícia ganó más dinero. Espabilaba más. Más carretera.  Más comida en la lata que su madre cocinaba debajo del viaducto.

La madre, en efecto, no era solo comida, guiaba a su hija en todo. Cuánto vale un alcance de mano, una simple caricia, un dedo, una boca. El deseo de ella y el de él, el del cliente, el precio de cada uno. Cuánto cuesta el coño, el culo, las tetas. Cuánto cuesta una entrega total, detrás de las piedras, con derecho al vértice. Cuanto cuesta un beso en la boca. Todo tenia precio, todo. Y todo se transformaba en comida en la lata de conserva.

Un día Patrícia notó que su mamá estaba delgada, muy delgada. Los huesos afilados, sobresaliendo más allá de los límites de la piel de sus brazos, de sus piernas, de su cuello. Empezó a obligar a su madre,  a comer más. Para engordar. Para quedarse fuerte. Para seguir enseñando todo. Como caminar, como cocinar, como se entrega. Salia a vender cocos, pero regresaría rápido. Tenía miedo de la delgadez de su madre. Comenzó a tener una emergencia. Satisfizo los caprichos de los hombres y corría para debajo del viaducto para cuidar a su madre.

Tos, voz  débil, dificultad para caminar, la madre ya no cocinaba bien. También tenía miedo, pobrecita. Sentía la muerte oliéndole el cuello todos los días. Le dijo a Patricia que tuviera cuidado, que estuviera preparada, atenta. Hizo que su hija aprendiera más rápido todas las cosas del mundo. Lloraba sin que nadie subiera y maldijo su destino. Puta, puta y madre de puta. Patricia ya era una puta, se lamentaba su madre. Incluso sin edad para eso. Ella se maldecía pensando en todo que hice en la vida. El padre, la madre, el muelle, las violaciones, los clientes, los marineros, la vida desgraciada que gastó las cosas todas que imaginó para si, que instaló en el  estomago uno dispositivo capaz de tratar toda la existencia como algo inútil, podrida,  temeraria. Pensaba en los artificios de deshumanizad a que fue obligada a recorrer para seguir teniendo el derecho  de vagar por el mundo. Lloraba y pensaba en una forma de engañar la muerte . No por  ella, sino por Patricia. No debería haberle enseñado a su hija nada de eso. No debería haberlo explotada. Fue mala. Fue cruel. Fue indigna de la maternidad. Pero si ella no enseñaba, ¿Cómo sobreviviría su hija? Qué más puede esperar en el mundo alguien que no sabe hacer nada, que no conoce nada. Que en sí mismo no es más que un pedazo de carne pegado a un marco de huesos. Alguien absurdamente nulo. Alguien cuyo destino es hacer lo que sea necesario para mantenerse con vida, por puro instinto, y pasar la existencia arrastrándose, sin buscar nada.

Lloró mientras reflexionaba sobre la idea de que el castigo era merecido. Que Dios hizo bien en enviarle tal sentencia. Ira divina. Venganza. Dios hizo bien en matar a sus hijos. Ella al menos se lo merecía. Y la muerte, en verdad, no viene a purgar todo, crea.

Ciertamente la conciencia quedaría pesada incluso después de que el alma hubiera sido enviada solemne y definitivamente a las profundidades del infierno.

Patrícia llegó y encontró a su madre llorando, recostada en la cama de cajas. Acarició su cara y cantó la única canción que conocía. Algo de su primera infancia, de lejos, que por alguna razón inexplicable quedó grabada en su memoria, Tutu Marambá. La madre de la niña que ordena matar. Cantó una nana para su madre. Estaba  delgada, mucho delgada.

Patrícia se sobresaltó al ver el cuerpo expuesto. Observó atentamente el momento en que la mujer cerró los ojos. Tranquilo, pacífico, sereno. Pensó que su madre se había quedado dormida y fue ella mismo cocinar.

El cadáver de la madre yacía encima de las cajas, y Patricia estaba impaciente, pensando que era un sueño pesado.

—        Despierta, despierta.

Gritaba por dentro y su madre no se despertaba. Pasó la comida, fresca, frente a sus fosas nasales, tratando de animarla. Tomó el manjar con los dedos, cariñosamente, y lo frotó en la boca de su madre.  Nada. Empezó a angustiarse. Intentó  levantar el cuerpo caído y no tuvo éxito, limitado por la debilidad de su cuerpo flacucho. Niña. Doce años. Levantó el brazo de su madre y lo soltó, no hubo reacción.

Las lágrimas ya explotaban,  brotaban de sus ojos, y todavía estaba tratando de sacar alguna reacción de su cuerpo inerte. Gritó. Golpeó el pecho del cadáver con toda fuerza de sus pequeños y frágiles puños. Se aferró al cabello de su madre. Enterró la cara en su regazo, sintió que se le cerraba la garganta y se le bloqueaban las vías respiratorias. Ya no podía hablar, gritar, nada. Durante unos segundos permaneció inmóvil, casi tan muerta como la mujer en la cama de cajas.

Cuando finalmente se dio cuenta de que estaba frente a la cruel e inexplicable presencia de la muerte, se encerró. No intento más nada.

Se sentó al pie de uno de los pilares del viaducto y se quedó allí. Estática de nuevo. Ojos muy abiertos mirando al vacío. No vio pasar los coches. No escuchó las bocinas ni el ruido de los motores. Ignoró la maraña de voces mixtas que venían de la calle y penetraron por las aberturas del edificio, incluido el espacio donde yacía muerta su madre.

Los muchachos del río rondaban por el lugar. Drogadictos. Muchachos que se habían criado allí, sin padre, sin madre, sin vecino. Muchachos sin sentido, sin valores, sin referencias, sin lastre. Casi animales. Casi robots. Elementos grotescos. Desterrados, desde la concepción, de vivir en sociedad. Niños que usaban drogas para quitarse el hambre y los males cotidianos: crack, hierba,  cocaína, cualquier droga era buena para usar como privación de los sentidos. Asaltaban a la gente en los coches,  la gente que transitaba frente al viaducto. Niños locos, bestializados desde su nacimiento por las metodologías aplicadas a los miserables,  en las  gran ciudades. Eran vistos como una especie de infrahumanos, guiados únicamente por instintos básicos. Comer, beber, reproducir, robar y matar cuando es necesario.

Los chicos rodearon a Patrícia, la chica sentada estática al pie de una de las columnas del viaducto. Se burlaron, provocaron. Conocían a la madre y la hija. Eran socios, cómplices en la miseria. Compañeros en la desgracia.

Todos ellos, los cinco, vivían con la madre de la niña. Se conocían de besos,  de boca, de coño, de rabo. De sexo por detrás del contenedor de basura.  De golpes y robos, de atracos, de lucha diaria para sacar dinero.

Rodearon a Patrícia. Se dieron cuenta del cuerpo de la mujer y se rieron. Ellos rieron. Gritaron insultos. La vaca murió. Piraña.  Fue prostituirse  a San Pedro en el cielo o pro capeta, en el infierno. Y reían. Ofendieron no por placer, sino por costumbre. La distracción era el lenguaje normal de la fraternidad para aquellos que estaban excluidos de la civilización. La agresión. Era la forma más cruel de mostrar algún tipo de afinidad con otra persona, o casi una persona. El otro casi humano. Era la única forma de establecer alguna comunicación entre otro elemento del universo , cultivado bajo el viaducto.

Patrícia yacía quieta. Calada. Muda. Estática. Absolutamente desconectada del festival de rarezas que se desarrollaba frente a ella. Uno de los chicos pasó su mano por su cabeza, alborotando los mechones de su cabello aún más. Otro sacó la polla y balanceo delante su rostro. Otro la tumbó en el suelo, riéndose.

Le arrancaron su ropa, rasgando  y la violaron. Primero uno, luego otro y otro. Niños grandes. Fuertes. Más grande que la capacidad física de cualquier niña de 12 años. Todos reían y celebraban el sexo violento, subyugante, agresivo. Todos alardeaban de la fuerza, de la forma insana de humillar a una niña. Regocijaban. Se enorgullecían del poder ejercido, de su habilidad para someter una niña a sus caprichos. Gritaban barbaridades, borrachos, no solo por el sexo, sino por la necesidad de imponer a los

demás su propia voluntad, su condición de animales, su única posibilidad de ejercer el poder. Restregaban su primitivismo en la cara del mundo canino.

Al término de la agresión. Patrícia permaneció acostada.

Aún estática, aún calada. Ojos bien abiertos, llenos de lágrimas. Cuerpo expuesto. Desnudo. Sangrado por todas las cavidades.

La noche siguió su curso, el día clareó y a encontró allí, en el mismo sitio. En la misma posición. En la misma angustia. En el mismo estado espantoso, como si todo fuera, por supuesto, parte de la existencia humana.

Una ambulancia de la estructura de salud pública recogió a la niña cuando el sol ya estaba alto. Hospital, exámenes, medicinas, suero. Patricia quedó en estado de shock, el cuerpo de la madre fue llevado a la morgue y, posteriormente, la mujer fue sepultada  como indigente.

Patrícia no supiera nada. Postración. Agujas en la vena inyectando líquidos. Sensores repartidos por el cuerpo, midiendo los datos. Médicos apresurados, múltiples pacientes. Y la niña en la camilla, ignorando los hechos. Soñando con mundos sin dolor. Con la madre, todavía una joven hermosa. Con el  padre que nunca había visto, con uniformes de la marina. Un soldado sin rostro. Soñando con chicos lindos, limpios y bien vestidos, jugando en un fantástico patio trasero adornado con árboles robustos y frutas de todo tipo. Jugando a la pelota, volando una cometa, jugando al escondite. Disfrutando plenamente de su inconsciencia, imaginó universos sin cocos, sin playas, sin dinero, sin viaductos, sin favores sexuales, sin chicos drogados, sin violaciones. Sin resquicios de la realidad.

Cuando despertó, estaba asustada. Las paredes, todas blancas. Las distintas camas, a su alrededor, abarrotadas de gente. Los cables, los aparatos, los videos. Un mogollón de cosas inexplicables.  Un entorno insólito.

Personas de blanco pasando por todos los lados, apuntando cosas, hablando, gritando. Nunca había estado en un hospital en toda su vida. No entendía nada de eso.

Una médica fue a hablar con el paciente. Patrícia oyó  todo, pero no dijo nada. Ni siquiera habló de la extrañeza que sentía en relación al lugar donde estaba. Acudió a la trabajadora social. Padre, madre, casa, familia, ella no tenia nada de eso. Fracturas, hematomas, enfermedades venéreas, no había nadie para comunicar el estado de salud de la niña. La profesional informó sobre la muerte y entierro  de su madre. Tampoco eso provocó ninguna reacción. El tratamiento continuó. Remedios dados para

las diversas enfermedades. Intento de contacto entre médicos y paciente, sin tener éxito. Rutina hospitalaria.

De vez en cuando, cierto médico se acercaba a cama de la niña y le regalaba algo. Un caramelo, una flor, una imagen bonita impresa en un trozo de papel, algo aparentemente sin propósito. Sin ningún sentido médico práctico. Dejaba lo mimo, sonría y se iba. Sin decir nada.

Con el paso del tiempo, la niña ya estaba mostrando alguna reacción al ver a su visitante. Sonría. Tímidamente, sin mucho entusiasmo. Una sonrisa entrecerrada, casi expresando culpa, pero una sonrisa.

De vez en cuando el doctor  decía algo divertido, una broma rápida, no necesariamente dirigida a la paciente, pero ella reía. Le gustaba ese contacto. El único a que se permitía. Algunos días más y hablaba con los médicos y con la asistenta social. Iba se curando, poco  a poco.

Cuando llegó tan alto, no tenía adónde ir excepto debajo del viaducto. Esta vez sin siquiera tener a su madre para equilibrar las cosas.

Cuando tuve alta, no tenia donde ir, excepto para debajo del viaducto. Ahora sin la madre que era su puerto seguro.

Una vez más, el doctor juguetón acudió en su ayuda.

—       Tengo una esposa maravillosamente aburrida y un hijo bonachón y desordenado, un poco mayor que tú. Mi casa tiene habitaciones vacías. Si quiere podréis ir para allá. Ya hablé con ellos.

Habló acariciando su frente, como lo haría un padre. Patrícia aceptó y se fue. Aunque tenía miedo. No estaba acostumbrada a ese tipo de cariño. No sabía quién era ese hombre. No sabía si quería favores sexuales. No lo imaginaba como seria una vida en familia, dentro de una casa, conviviendo con otras personas, con extraños. Pero la otra opción, ella ya conocía bien. Difícilmente hubiera algo peor.

Llegó sin maletas, solo con la ropa de su cuerpo. Un pantalón corto viejo, deshilachada, maltratada,  y una camiseta en el mismo estado. Una bella y amable señora la recibió con una carga de ternura que nunca había experimentado, ni siquiera con su madre. La mujer la abrazó, besó sus mejillas, la llamó por su nombre y la presentó a la casa. Era grande. Patrícia nunca había estado en una casa. No podía imaginar vivir en un lugar así. Le gustó lo que vio, pero desconfiaba. Tendría una habitación solo para ella, algo

inimaginable. Una cama, un baño, una cómoda, un armario, un estéreo, una televisión, ni siquiera sabía para qué servían la mayoría de las cosas. Miraba todo con cierto miedo. Había ropas por la cama varias. Mas ropas en el armario. Zapatos, chanclas, sandalias, ¿Para que tanta ropa?¿Quién usa todo eso? Se preguntó mentalmente.

El joven hijo de la pareja, un adolescente, se encargó de presentarle a la niña el resto de las instalaciones de la casa. Nada lujoso,  estándares normales. Solo una casa grande y bien cuidada. Pero para Patrícia, un universo. Algo inalcanzable.

En los días que siguieron, poco a poco se fue estableciendo una relación entre la familia y su nuevo integrante. La señora ayudaba a Patrícia en todo. En el baño, en la ropa, en el conocimiento de las cosas. Hablaron mucho. Jugaron, se divirtieron. Escucharon música, bailaron, caminaron. La niña conoció al otro lado de las calles. Las alamedas, los restaurantes, los centros comerciales. Todavía le tenía miedo a todo, incluso a los guardias de seguridad de las tiendas, pero se sentía protegida. Poco a poco descubrió que la gente no la odiaba. No era ella, Patrícia, quien era el objetivo de la ira de tantos muchos policías, guardianes del comercio y del mundo que la rodeaba. De hecho, solo odiaban la miseria que representaba antiguamente. Mas específicamente, ellos odiaban los miserables.

Por primera vez en su vida, Patrícia se matricula en una escuela, no sin antes aprender los rudimentos de la lectura y de la escritura con profesores particulares, contratados por la familia. Aprendió matemáticas. Números y operaciones básicas. Al principio, todo era imposible. Entonces se puso interesante. Luego apasionado. Inteligente. A Patrícia le gustaba aprender.

Se tomó tiempo para dormir, cuando la noche lo exigía. Me di la vuelta en la cama pensando en todas esas cosas. Pensaba en la madre. Tenía catorce años. Era la referencia temporal que tenía para su mayor pérdida, su propia edad. Pensaba en la playa, en el viaducto, las agresiones, el intercambio de favores sexuales por dinero. Pensó en cómo había cambiado todo. La señora, el Doctor, el niño, nadie pedía nada y todos daban todo ¿Qué había pasado?¿Quien era esa gente? No sabía que había gente así en el mundo. Ni siquiera sabía que había una casa, una habitación con televisión, ropa limpia, música. Nunca había soñado con nada de esto simplemente porque no sabía que había vida más allá del viaducto. Antes, todo parecía lejos.

Ahora, todo se parecía extraño. La madre. ¿Dónde está mamá? ¿Se ha ido para siempre, o está en alguna parte, conspirando para que todo esto suceda?

Me quedé dormida así, pensando. Tratando de entender el nuevo mundo que había descubierto y pensando en una forma de relacionarme con él, pero no podía olvidar el viejo mundo. Los dolores del pasado todavía duelen. Mucho.

En la escuela aprendió muchas otras cosas, asignaturas, personas, compañeros, incluso aprendió otro idioma. Con el tiempo, perdió los miedos y, en consecuencia, la formas esquivas. Ya hablaba con los profesores, debatía, interactuaba, cuestionaba. Era casi independiente. Casi pensadora. Casi libre. Ella ya estaba saliendo con chicos como cualquier adolescente de su edad. Sin agresiones, sin golpes. Sin favores. Sin obligaciones, sin dinero. Ya era una hermosa joven con una personalidad sorprendente y una mente profundamente inteligente. Diecisiete años ya. Una chica sensible que abre la puerta a una vida culta y prometedora.

Patrícia aprendió a vivir, aunque fuera tarde. Aprendió a comprender los engranajes del proceso social. Descubrió los secretos de su vida, de su infancia, de su dolorosa existencia bajo el viaducto. El dolor de su madre, los motivos de su padre, la agresión de los niños monstruos que atraviesan el peligroso y resbaladizo inframundo en el que había vivido hasta los doce años. Estudió todo: leyes, números, poemas y tratados sociales.

Pasaba las madrugadas en libros. La señora, el niño y el Doctor aún la cuidaban todo el tiempo. Velaban por sus estudios. Ellos la protegieron. Ofrecieron las condiciones para Patrícia, la niña que ya florecía como mujer, podría desarrollarse como persona, como ser humano, como persona.

Cuanto más profundizaba en el estudio de las leyes, la sociedad y el alma humana, más se daba cuenta de la aleatoriedad de los fenómenos sociales. De la imposibilidad de una niña de la calle, huérfana maltratada física y moralmente, una niña expuesta a la miseria y abandonada por las circunstancias,  estar donde estaba ahora, viviendo tranquila, estudiando en paz, viviendo en una casa de verdad, apoyada por personas que, como un sueño, apareció en su vida.

Ya no intentaban entender lo que había pasado, atribuyeron todo a fuerzas virtuosas e invisibles. Tal vez a la suerte, o tal vez a ese ser etéreo que algunos llaman Dios. No era religiosa, todo lo contrario. Se había convertido, aún joven, en una mujer absolutamente racional. Creía que su propia historia personal era prueba de esto, de la imposibilidad de una existencia divina. Pero no descartó nada, ni impuso su punto de vista a nadie, si alguien le creyó a Dios los acontecimientos del mundo, genial.

Imposible no dar créditos  los fatos con algo, aún que de ordene divina. Tal vez era inhumano cargar solo con toda la carga infinita de eventos inexplicables.

Cuando se graduó en sociología, Patrícia tenia viente y dos años. Ya tenia muchos amigos, muchos chicos de su edad deseaban su amor y era admirada por los maestros y amigos de la clase. La señora, el chico y el Doctor, explotaban de felicidad. Aquella  familia heredada, caída del cielo como lluvia, mojo para siempre la tierra sagrada de su vida. Aprendió el amor con aquellas personas, una amor pleno y fantástico que, pasando por ella, Patrícia, quería aprender todas

las  cosas del universo. Todo en la vida, a sus ojos, estaba construido de alguna manera por la belleza de la dama, el buen corazón del muchacho y la generosidad del Doctor.

Por primera vez en mucho tiempo pensó en su madre. Con todas las limitaciones y angustias, con todos los dolores experimentados en su camino, incluso con toda la crudeza que absorbió del mundo en su paso por la vida, seguramente la madre se quedaría feliz, si observara la fiesta desde algún lugar del espacio. Solo mirar, aún que lejos, ella sabría que su hija, Patrícia, estaba lista para seguir sus proprios pasos, con sus pernas, en la dirección hacia el centro del mundo. Hacia las estrellas. Hacia el centro del alma humana, construyendo caminos para luchar por una vida digna y honorable para todas las personas.

En los primeros años de su carrera, Patrícia ya se dedicaba a causas humanitarias. Mapeaba las favelas palma a palma. Diagnosticaba situaciones complejas. Empleo, salario, ingresos, medios de vida, enfermedades, niños y adultos, mujeres y hombres, blanco y negro , cartografió todo. Buscaba todos los datos necesarios de se invertir en el ser humano, de atacar los estigmas sociales y vencerlos.

En el camino conoció a otras innumerables Patrícias. Hermosos niños, expuestos al drama. Madres que sufrían y se evaporaban, como la suya. Jóvenes embarazadas, solas, fabricando sus propias Patrícias. Muchachos deshumanizados, transformados en fieras por las drogas, por el entorno, por la inexistencia de posibilidades y acciones que presentan otro camino, otra alternativa, otro horizonte.

Encontró a padres y madres destrozados por el triste destino de sus hijos, casi siempre asesinados antes de se quedaren adultos completos. Asesinados por la policía, por bandidos, por enfermedad, por vicisitudes. Asesinados por la circunstancia de una concepción de la vida triste, cruel y demente.

La socióloga convirtió el drama en datos. La miseria en números. La desgracia en estadísticas. Hizo diagramas y gráficos. Escribió en lenguaje de sociólogo la historia de la tragedia a la que fueron sometidas todas estas personas. Personas pobres y negras, en su mayoría. Personas que venían de todos sitios, para la gran ciudad. Personas que solo existían como mano de obra barata y disponible en cualquier momento. Personas todavía útiles, pero reemplazables y desechables.

Patrícia registró cada lágrima y cada sonrisa. Cada emoción y dolor, de cada una de aquellas personas. Registró las casas pobres, los charcos de alcantarillas, la agua mala. La diversión de los niños, en charcos de germines, virus y bacterias, la feliz inocencia de quien se alimenta de la oscuridad. Primero una favela, después otra. Y otras más. Patrícia registró en la roca las angustias y desventuras de una  parcela muy grande de la población, personas completamente abandonadas por todos los poderes.

Cuando se publicó la obra, el mundo lloró. El impacto fue violento. Ciudad, estado, país, en todas las casas legislativas las reacciones fueron fuertes. Parlamentarios leyeron los datos presentados en las tribunas. Hicieron discursos duros, culpando a los ejecutivos. De repente, el dolor de los pobres y los negros difamaron a todos los gobernantes. Incluso los medios de comunicación, siempre leales al poder, terminaron cediendo a la evidencia. Cuestiones y más cuestiones sobre las favelas. Hambre, sed, terror, violencia. Imágenes de ciudadanos negros escuálidos, bestializados por el terror de la vida cotidiana, por la vida en la favela, fueron difundidas en todos los medios. Reporteros blancos y ricos y nacidos en cuna de oro hablaban con la gente, con los pobres y los negros, algunos por primera vez en su vida.

En las televisiones, el malestar de los presentadores fue claro. Era como si estuvieran abordando un tema podrido y ferino. Era como si la agenda establecida por el editor les enojase , les diera repulsión y hasta un poco de indignación. Era un verdadero insulto, en la mente de algunos profesionales de los medios, dar cabida a lo que consideraban populismo. La imagen de chabolas, zanjas de alcantarillado, niños frágiles expuestos a enfermedades, gente fea, negros y miserables, todo eso empañaba el concepto estético de algunos agentes de los medios. Era de gusto dudoso, consideraban. Incluso era contraproducente, según sus tesis, priorizar la publicidad de fatos involucrando en realidad a una capa de la sociedad que ni siquiera tenía las condiciones económicas para invertir en vehículos de comunicación.

Esas personas no tenían dinero para pagar anuncios, así que tuvieron que conformarse con las sombras, los guetos, los espacios oscuros que ya ocupaban.

La indignación de esta parte de los profesionales de los medios, irritados por la obligación de abordar temas sociales con los que nunca tuvieron afinidad alguna, se quedo claro. Esa tontería, ese mal enfoque, ese populismo que les impuso abajo, les hacia perder el tiempo. Les hacia se desconectar por un tiempo del foco primordial, según su visión: el mercado.

De hecho, el auge del tema ya era dañino, una afrenta a dicho mercado.  Esos casi muertos no compraban nada, no consumían, no tenían cuentas bancarias, eran parias. No tenia sentido perder el tiempo y dinero con esas tonterías. Estaban todos obligados a abandonar los intereses del mercado en nombre de tesis infantiles, románticas y inalcanzable. Y todo eso se debió a la ensoñación de una socióloga idealista de veinte años que decidió convertir en números la incapacidad de las personas para encajar en el mercado. No hacía falta. Ni los mismos miserables entendían esta maraña de números y gráficos tontos. El pueblo solo necesitaba telenovelas, carnavales y fútbol, y eso fue lo que le dieron los medios. Gratis. No importaba si todo el resto de sus vidas fuera dolor y angustia. No importa si comían o no, si vivían en una casa digna o no, no importa si morían como cucarachas en cada acción policial. Lo que importa es que amaban las telenovelas, el carnaval y el fútbol. No necesitaban de nada más. Los profesionales de los medios sintieron la necesidad de reaccionar, incluso por temor a perder dinero cubriendo esas tonterías en lugar de servir al mercado. Los pobres no dan dinero, no sirven para nada, a diferencia del mercado. Necesitaban mostrarle al mundo quién era esa ese  socióloga petulante. De lo contrario, correría un riesgo muy serio de quedar fuera de los intereses del mercado y perder dinero. Mucho dinero.

Patrícia estaba feliz. Reunió a su equipo para evaluar el impacto de los estudios publicados. Lo consideraran completamente positivo. Formularon la estrategia de dividir el equipo en pequeños grupos para visitar las casas legislativas, para hablar con los parlamentares sobre las soluciones, las propuestas de leyes que se podrían presentar para paliar las adversidades de la población más pobre, más frágil, más afectada. Para presentar la planificación engendrada por el equipo con el objetivo de establecer acciones, metas y recursos que puedan revertir la situación en un tiempo determinado.

Los artículos sobre estudios sociológicos pululaban en los medios. Casi todos favorables. Algunos incluso exageraron, cargando las tintas, como halagando a los autores de la obra, especialmente a Patricia.

Los comentaristas hablaron de su juventud, de su trayectoria, de sus relaciones personales cuando aún estaba en la universidad, de trabajos en los que participó antes de publicar su actual estudio, el más importante de su carrera. Finalmente, la cobertura fue tan comprensiva con la tesis que en ciertos momentos incluso parecía sospechoso.

“El beso es la víspera del escupitajo”, advirtió uno de los integrantes del equipo, citando a Augusto dos Anjos. Más que entusiasmo, el contenido de los enfoques generó preocupación en sus autores.

El trabajo fue complejo, sí. Minucioso. Se pretendía que fuera absolutamente amplio, pero nadie en el grupo podría imaginar por qué tanto apoyo venía de unas instituciones que ciertamente estaban del otro lado del tablero, que históricamente apoyaron a gobernantes que profundizaron  la tragedia social y defendía conceptos antagónicos a los que se alía el estudio. Había algo en el aire, era perceptible.

La trama no tardó en revelarse. Un gran vehículo mediático hizo una historia enorme, pesada y grotesca, centrada en la infancia de Patrícia. Llamaron de “La Dama del viaducto”. Desvirtuaron toda la infancia trágica de la autora principal del estudio, insinuando que Patrícia, ahora con 28 años, vivía de favores sexuales y tenía relaciones con menores infractores desde niña.

El periodista presentó una larga lista de crímenes cometidos en la región del viaducto, cuando Patrícia era niña, crímenes cometidos por jóvenes habitantes de la calle, y asoció a todos ellos con la socióloga. No solo la hizo confabuladora, sino también partícipe de todas las infracciones. Hizo las proyecciones más extrañas y absolutamente improbables, trazando una relación entre la infancia y la vida adulta joven, atribuyéndola a ella una conducta sexual inapropiada, comportamientos ya en la edad adulta, en la universidad. El artículo pintaba un universo grotesco en torno a ella, usando subtítulos maliciosos para todas las fotos reproducidas. No afirmaron nada categóricamente, pero despertaron sospechas en todos los aspectos de su vida. Incluso sobre las notas obtenidas en la escuela de sociología. Todos, invariablemente altas, serían el resultado de negociaciones, donde Patricia ofreció su cuerpo a los profesores a cambio de valoraciones ventajosas.

No pasó mucho tiempo antes de que otros vehículos ingresaran al baile, realizando el concierto para la deconstrucción, la desmoralización y la orquesta.

Si antes era vista como una importante referencia intelectual, una talentosa investigadora, una verdadera entusiasta del enfrentamiento de los problemas y una

creadora de soluciones para la cuestión social, Patrícia se transformó rápidamente en una villana, en una manipuladora. Y sin derecho de defensa. Ninguno de los diarios se abrió, ni ningún espacio para que la profesional se defendiera, la masacre fue unilateral.

—        No has sido acusado de nada, en ningún momento.

Era solo una especulación válida.

Siempre se decía que ella pedía un derecho de réplica.

Destruida la persona, los verdugos se dedicaran a atacar la obra.

El estudio se convirtió en una farsa. Manipulación. Men-

tira simples. Acusan a los autores de exagerar los números para recaudar fondos, para beneficiar estructuras organizadas en las favelas, para explotar a los pobres, todo se resumía, de un momento a otro, en mero hackeo. En una fantástica artimaña ideada por intelectuales para sacar dinero del poder público y empresas privadas. Todo era mentira, aseguraron. El pueblo nunca hubiera vivido en el nivel de miseria descrito en los estudios, según los medios, el pueblo estaba feliz de su forma de vida y el movimiento que estaba en marcha, liderado por Patrícia, pretendía explotar los sentimientos del pueblo, imponiendo ellos

él, en teoría, una condición miserable, para desestabilizar el gobierno y sentar las bases de una revolución comunista.

Todo se reducía a esto, una conspiración comunista.

Las acusaciones, por mezquinas que fueran, y las insinuaciones absolutamente inútiles, no procedían de militantes de extrema derecha, de fascistas, de herederos de los “pollos verdes” o de entusiastas del partido nazi, procedían de los medios de comunicación, de todos los profesionales implicados. Tenía una educación universitaria ética. Pero a ninguno de ellos le importaba ya eso, las tonterías de la enseñanza filosófica. Eran profesionales modernos, centrados en la lógica del pragmatismo. Si la paga es buena, no hay perjuicio en que alguien realice el trabajo propuesto, no importa quién se beneficie o perjudique, así de simple.

Patrícia y su equipo se sintieron destrozados. Los estudios, los datos, todo el arduo trabajo que habían hecho durante cuatro largos años se convirtió en una especie de crimen atroz. Todo lo que se construyó para ser una herramienta de desarrollo a favor

de los más necesitados, se ha transformado en un instrumento de manipulación. Todo lo que estaba a favor de la población más pobre pasó a ser visto como algo nocivo para la sociedad.

Deprimidos, aturdidos, con la autoestima destrozada, los integrantes del equipo decidieron regresar al campo. Andar por todas las comunidades estudiadas, hablar con los vecinos, con los diferentes líderes comunitarios, con los presidentes de las asociaciones, tenían que demostrar que todo lo que se decía era mentira, que el trabajo era serio, honorable. Valioso. Frente a los medios, consideraron que la única opción para revertir la situación era el cara a cara, la conversación directa.

No resultó exactamente lo que el equipo imaginó. Los proprios moradores de las favelas, victimas absolutas del estado de cosas que estaba siendo denunciados por el estudio los recibió con sarcasmo. Desvergonzada, estafadores, ladrones. Fueran agredidos por las personas a quien intentaban proteger. Patrícia se transformó en pija, ridiculizada por el pueblo negro y pobre. Doctora prostituta. Estafadora. Ladrones. El pueblo adoptó  como verdad todo lo que estaba diciendo los medios. En cada barrio visitado por ellos, las personas organizaban protestas, expulsaban los sociólogos, su retorno era prohibido con amenazas. Pija prostituta, doctora sinvergüenza  y muchacha que engañó al pueblo.

Cada sarcasmo, cada ironía, cada agresión, hería profundamente a Patrícia, era como si le clavaran un puñal en la carne, a la altura del estómago. Cada ofensa proveniente de esa gente, con la que convivió durante cuatro largos años en un intento de identificar los males sociales consolidados, causó un dolor inmenso. Traté de explicar, no pude. La gente se reía, se burlaba.

—        Se salió en la tele es verdad, decían. Eres  enemiga del pueblo.

Patrícia concentró la agonía de manera tan concreta dentro de su corazón, que ya no dormía. Pasaba las noches sin dormir, tratando de comprender la serie de desplomes a su alrededor. Ya no contestaba el teléfono. La señora, el doctor y el niño , ya un hombre padre de familia, intentaban   desesperadamente hablar con la hijastra y hermana por  afinidad. No pudieron. Patrícia no salia más de casa, no encendía las luces, no comía, no bebía, apenas languidecía. Tenia vergüenza de salir a las calles, miedo de ser agredida. Trauma, miedo, pánico. Dolía la forma como fue tratada por personas las cuales les quería. Dolía fundo. En la alma. Los recuerdos de las ofensas le masacraba el corazón.

Los miembros del equipo se dispersaron en busca de otros trabajos. La ausencia del líder les quitó el ánimo. La cruel reacción de los pobres, halagando a los medios y atacando a los investigadores, los hizo sublevarse. Muchos se habían ido, se habían ido a buscar nuevos equipos que estaban rociando nuevos puestos de trabajo. Era una buena manera de olvidarse, por supuesto, de ignorar el fuego amigo. Del marco cero. Preferiblemente de una manera menos apasionada y menos cruel. Sin tomar partido y permitiendo involucrarse con la causa misma.

La gente no siempre entendía las cosas, estaban más que comprobadas.

Todavía dos o tres personas estaban intentando  hablar con Patrícia, sin éxito. Lo intentaron por un tiempo y luego se dieron por vencidos. Ella había sido la más expuesta, la más afectada, la más atacada. También era la más sensible, la más frágil. Ciertamente necesitaría más tiempo para rehacerse, antes de levantarse, sacudirse el polvo y darse la vuelta, como en la canción de Monsueto Menezes.

La policía allanó el apartamento de Patrícia. Estás detenida, gritó el militar tras derribar la puerta.

El Ministerio Público había presentado una solicitud de arresto, basada única y exclusivamente en los informes de los medios, y el juez la concedió.

La socióloga fue acusada de extorsión, de recibir ventajas indebidas, de causar daños al erario público y otras costumbres. A lo largo de sus estudios, Patrícia no había recibido ni un centavo más que el salario de investigador que paga una universidad federal. No hubo extorsión, no hubo ventajas, no hubo daño. Solo hubo humillación pública. Las cámaras de televisión y los reporteros se emocionaban mientras Patrícia fue arrastrada hasta el coche de policía y el joven fiscal disfrutaba de las entrevistas. Cuidaba mucho sus palabras, su tono de voz, sus acusaciones, el fiscal se sentía en el paraíso mientras Patrícia era llevada al infierno. Ni una palabra, ni un grito, ni siquiera un susurro. La joven estaba muda, en silencio. Tan estática como la señorita Patrícia en el momento de la violación, bajo el paso elevado.

Los medios de comunicación insistieron en mostrar a Patrícia siendo arrestada, fue una victoria.

La entrevista con el abogado se repitió varias veces, en diferentes estaciones, en diferentes momentos, fue la consolidación de la epopeya destructiva.

Entre los diarios de televisión, los reporteros vitoreaban, las salas de redacción vitoreaban efusivamente, hacían bromas, burlándose de Patrícia.

El proceso judicial duró unos años más, gracias a las gestiones de un honorable defensor público, Patrícia logró su liberación, sin embargo, se decretó una nueva prisión, el Ministerio Público la vigilaba como un sabueso olfateando sus pasos, nadie, era una persona extremadamente peligrosa, un enemigo público.

Entrando y regresando, la joven fue detenida y liberada cinco veces, cada vez era más triste, pero cruel, más repugnante, con cada detención y cada liberación Patrícia se sentía más expuesta, más abusada.

Un domingo por la noche, solicitó la presencia del defensor público. Al llegar se disculpó, en primer lugar, por arruinar su fin de semana y le pidió al chico que renunciara a todas las acciones pidiendo su liberación. Ya no quería salir. Quería seguir encarcelada, no permitió al joven defensor  cuestionarla  . La decisión, dijo, estaba tomada. También le pidió que le dijera a su familia, a la señora, al Doctor y al niño, cuánto los amaba, que les agradeciera por todo. Que había aprendido de él el secreto del amor incondicional.

Finalmente,  agradeció a él, su defensor. Le dio un beso en la frente y se despidió.

A la mañana siguiente, el cuerpo de Patrícia fue encontrado en su celda, rodeado de un charco de sangre, había un clip al lado de su cuerpo.

Las investigaciones llegaron a la conclusión de que el clip había se utilizado para perforar una vena en la muñeca.

Después de hacerlo, Patrícia simplemente se acostó y esperó a que el sangrado abundante la llevara a la muerte.

La Señora, el Doctor y el niño quedaron impactados con la noticia, lloraron mucho, un grito legítimo, generoso y honesto.

La gente de las comunidades estaba triste. Tal vez sabían que Patrícia nunca los usó, ni los traicionó, tal vez sabían que la niña tenía un buen corazón y se dedicaba a causas nobles, tal vez sabían incluso que los amaba, como antes solo había amado a su propia madre. Tal vez supieran realmente de todo eso y tal vez por eso tenían quedados tristes, pero no podrían contrariar sus proprios destinos. Pueblo es pueblo, ilusión es ilusión.

Los periodistas no estaban tristes, ni se regocijaron. Ella era solo otra pija atrevida que murió románticamente insistiendo en intentar cambiar la realidad.

Los fiscales del ministerio público estaban furiosos. La muerte de Patrícia significó una oportunidad menos para aparecer en televisión y dar algunas entrevistas interesantes.

El equipo profesional que la acompañaba, estaba profundamente entristecida. Dispersos, dispersos, cada uno sintió a su manera los dolores de la pérdida.

Y cada uno de ellos, sin que los demás tuvieran ni idea de que pensaban lo mismo en ese mismo momento, se juró a sí mismo que jamás se sumergiría tan profundamente en una causa noble en defensa de los más pobres.

La gente realmente no quería nada de eso. El pueblo era libre y sabía se cuidar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL FOLLONERO

Timóteo era viejo, muy viejo. Y todos los años que cargó a sus espaldas estuvieron marcados por su temperamento explosivo y por una maravillosa pasión por la vida, demostrada por el uso del sarcasmo, la burla y la burla de los demás. Emocional a tope, era adicto a conflictos, todos posibles a un ser humano desde la juventud.

De chico quería ir a Italia, en la segunda guerra mundial. Quería matar fascistas y nazis. Se imaginó a sí mismo enterrando una pecera de treinta centímetros en los callos de Mussolini y luego yendo a Alemania para enterrarla en el estómago de Hitler.

No fue a la guerra, pero siguió soñando con la posibilidad.

Cuando Getúlio Vargas se suicidó, Timóteo, todavía un adolescente, se indignó, el país lloraba, él resoplaba y resoplaba de ira. Getúlio Vargas hice una revolución, libertó el país de lo interese de los extranjeros, hice el  voto de las mujeres, hice industrias, hice leyes para los trabajadores. Getúlio Vargas era distinto. Timóteo no lloró, ni estaba triste, estaba furioso. Lacerda, los militares, la UDN… estaba enojado con todos, incluso con el mismo Getúlio.

-“No tenía que suicidarse, tenía  que enfrentar a estos bastardos.

Gritó para que todos lo escucharan y repitió la frase donde quiera que fuera, solo para provocar a los derechistas y partidarios de los norte americanos.

Ahora, a una edad muy avanzada, continuaba con el mismo espíritu guerrero. Era, como un digno anciano, un tipo eternamente inconformista.

Sus hijos siempre le pedían que se calmara, decían que ya no podía actuar así, que era demasiado viejo. Maldijo a todos, los envió al infierno. Nadie se sometería, bajo ninguna circunstancia.

Una mañana fue a comprar pan y se encontró con dos soldados en la panadería. Policía militar. Los pobres se quejaban del salario. Poco dinero para arriesgar la vida. Timóteo los miró de reojo, adoptó una expresión de desprecio y decidió provocarlos.

—        Los policías ganan bien, incluso demasiado. Esto debería ser trabajo voluntario. Sin ganar un centavo. Es absurdo pagar a la gente para matar negros y pobres.

Los policías se sintieron personalmente insultados, y con razón. Uno de ellos se acercó al anciano y le preguntó con autoridad.

—        ¿ Señor, estás hablando con nosotros ?

—        No. No estoy hablando con  vosotros. Estoy hablando de vosotros, pero con la cajera de la panadería.

Timóteo ni siquiera miró a los chicos mientras daba la respuesta. Una rudeza completa y vigorosa. Era como si en realidad no existieran.

—        El señor es muy abusado. Replico el soldado.

—        Abusado, no. Soy anarquista. Mucho mejor que aprovecharse del poder público para andar golpeando y matando gente por ahí. Solo gente pobre, por supuesto. Preferiblemente negra.

El policía se indignó.

—       El señor no sabes lo que estás diciendo. Usted, señor, es un hombre viejo. Nunca he matado a nadie en mi vida.

—        Así que es un pésimo policía.

Y continuó:

—        No me digas que eres honesto. Un policía honesto sería una fuente de eterna vergüenza para la corporación. Sus superiores nunca lo permitirían. Y otra cosa, si me va a matar, mata pronto. O deja de molestarme.

Terminó no pasando nada. La gente tomó la delantera cuando el policía se abalanzó sobre Timóteo para intentar agredirlo. Policía seguro, seguía provocando el anciano.

—        Flojo. Se tu fuera macho, de verdad, me mataría aquí, delante  de todos.

La cosa se  convirtió en un gran lío, pero terminó en nada. La multitud acabó convenciendo a los policías de que Timóteo, que salió riendo del motín, estaba loco. Un, viejo loco e provocador.

En otra ocasión la víctima era un diputado. Candidato a la reelección, que fue hacer campaña en la plaza donde Timóteo jugaba al ajedrez con unos amigos. Consideraba jugar cartas cosa para ignorantes. Solo se permitía jugar al ajedrez.

—        Todo diputado es un ladrón”, dijo al recibir la tarjeta de felicitación del candidato.

—        No lo soy, soy honesto y serio”, respondió el candidato, con el ceño fruncido.

—        Así que no eres diputado. Es solo un fantoche con un escaño.

 

El diputado todavía intentó discutir, pero el sarcasmo del viejo humillaba el parlamentar, cada vez más, y en

plaza pública . Hasta que el diputado perdió la paciencia, abandonó la postura cortés de un candidato y comenzó a enfrentarlo, a contradecirlo de manera vehemente, al punto de perder la compostura y recurrir a la palabrota.

Cuando el diputado se deshizo, Timóteo se rió.

—        Ahora sí, te has ganado mi voto. Está comprobado que no es un muñeco de cera, un pequeño robot programado para decir tonterías fingiendo creer las tonterías que dice.

—        ¿Estás loco?—preguntó el diputado. Cuando soy amable contigo me ataca, pero cuando estoy enfadado, me apoyas. No entiendo tu punto de vista.

Había una sonrisa comprensiva en el rostro del candidato, así como una expresión genuina de incredulidad.

—        ¡No eres  máquinas, eres hombre!”, gritó Timóteo, levantando el brazo teatralmente mientras citaba la frase de Chaplin.

—        No me importa esa educación de escaparate, ni esas promesas tontas. Solo quiero saber si eres de carne y hueso. Cualquiera que no pierda los estribos de vez en cuando no puede ser considerado digno de confianza. Un hombre que es hombre se indigna y reacciona. Quien nunca es intemperante o es cínico o débil.

En otra ocasión, la ciudad estaba alborotada. La gente estaba muy involucrada en un proceso electoral que pronto se llevaría a cabo. Iba a  tener elecciones para  alcalde, pero las cosas estaban calientes. Los candidatos eran solo dos, teóricamente, con posibilidades de victoria. Estaban vinculados a líderes nacionales antagónicos. El clima era de un derby.

En el mitin de uno de los candidatos, una plaza llena de gente, los artistas se turnaban en la plataforma, Timóteo pidió la palabra. Dijo que recitaría un poema, daría su contribución cultural.

para el proceso electoral de la ciudad. Los asesores del candidato, conociendo a Timóteo, se mostraron recelosos, pero al público del mitin le gustó la idea. Se imaginaron al anciano follonero haciendo un emotivo discurso a favor de su líder. Sería maravilloso. Si ese famoso  viejo  encrespador se rindiera , otros electores seguramente harían lo mismo.

Tenório tomó el micrófono, limpió la garganta, sonrió, saludó a la gente y presentó su poema:

—        Viva a mi, viva tu Viva a cola del  tatu

Estos dos van por las maletas

Ambos se van a tomar por lo…

Le arrebataron el micrófono de las manos antes de la última palabra. El anciano bajó del estrado enfadado, acusando a los organizadores de censura, de boicot a la literatura popular. Hizo tanto follón  sobre lo sucedido, se quejó de la actitud represiva hacia tanta gente, que el candidato terminó perdiendo las elecciones . Alguien le preguntó al anciano si estaba satisfecho con el resultado.

—        Por supuesto que no, este es tan malo como el otro.

Poner los dos juntos no te da ni media kilo de pura mierda.

Ni la iglesia escapó a las burlas de Timóteo. Menos aún el pobre cura, que lo enfrentaba todos los domingos, en cada misa . Cuando el sacerdote decía que Jesús caminó sobre el agua, el anciano respondió que conocía el camino a las piedras. Cuando el sacerdote dijo que Jesús había sido concebido por el Espíritu Santo, el anciano dijo que todo era mentira. José era muy estúpido y no sabía nada de lo que estaba pasando en su propia casa. Si el sacerdote hablaba de la famosa transformación del agua en vino, Timóteo pedía enviar a Jesús a su casa para que se repitiera.

milagro, preferiblemente convertirlo todo en cerveza, que era lo que más les gustaba.

Al principio, allí, frente a tantos fieles, el sacerdote se irritó. Pero luego, ya hacia la mitad de la misa, incluso él se reía de la locura del anciano. Se la ira divina fuera un facto, reflexionaba consigo mismo, Timóteo jamas tenía llegado a esta edad. Menos mal que Dios fue misericordioso, pensaba en eso y reía, era divertido.

La ciudad ya estaba acostumbrada al mal humor de Timó-teo. Era natural que los amigos se encontraran y en medio de la conversación alguien preguntaba:

—        Oye, ¿Qué hizo el viejo Timóteo hoy?

Pero la ciudad iba creciendo. Cada vez más gente rara venía a vivir al barrio. Los mercados ya se estaban convirtiendo en supermercados. Muchas casas ya habían sido demolidas y se habían construido edificios en su lugar. Ya habían puentes sobre los ríos, en el casco urbano estaba lleno de viaductos. Ya no era mas una ciudad pequeña. Ya

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no era ese espacio donde todos se conocían. Casi todos se fueron, poco a poco, siendo rodeados de gente extraña. Gente joven. Gente que ya no se encontraba en las puertas de las casas y incluso no se cumplimentaban.

La gente iba adquiriendo el hábito de la impaciencia, de la rapidez en todo, de la prisa. Fueron adoptando una forma de vida extraña. Sin socializar, sin hablar mucho, sin hacer visitas en las casas. Con el paso del tiempo, y con el crecimiento económico, la gente fue cambiando la vida por el trabajo. Al principio limitaban el ejercicio de la vida al fin de semana. Después ni eso. Nadie más se conocía, pero todos marchaban juntos hacia el progreso financiero.

Un compitiendo con el otro. El coche, la casa, la escuela de los hijos, el consumo de la familia, todo necesitaba ser mejor que el vecino. La gente competía entre todos.

Timóteo, cada vez más viejo, nunca fue capaz de adaptarse a la nueva era. Seguía siendo el mismo de siempre, excepto que nadie, en general, lo venía divertido. Ahora era el viejo aburrido que siempre se quejaba de todo. La gente ya no absorbía el humor. Todo era demasiado caro y había que trabajar duro para ganar cada vez menos. Ya no había lugar para tonterías.

Un día, cuando ya andaba arrastrando los pies, mientras compraba cigarrillos en un quiosco, Timóteo vio que dos hombres se acercaban al quiosco para cobrar dinero a su dueño. Reaccionó de inmediato. Le dijo al comerciante que el no estaba obligado a mantener a los vagabundos. Que  quien quisiera dinero, debería trabajar.

Uno de los hombres le apuntó con un arma a la cabeza y le ordenó que se callara.

—        Dispara, cabrón. Dispara. Es más fácil matarme que estar extorsionando a los que trabajan duro para vivir.

El hombre disparó. La bala atravesó la cabeza del anciano y se clavó en la pared de ladrillos de una escuela, delante al quiosco. Cuando el cuerpo se derrumbó, cayó al suelo, el dueño del quiosco, estupefacto, le entregó el dinero al otro hombre.

La milicia había llegado a la ciudad, junto con el progreso. Ya no había lugar para viejos aburridos a los que les gusta decir tonterías.

Excepto la familia, nadie fue al entierro del anciano. Todos temían represalias. Algunos incluso lo lamentaron, pero desde la distancia. Otros lloraron. En el fondo de sus corazones, casi todos

 

Los antiguos habitantes entendieron que este era el final de su ciudad. El mundo era diferente. Ahora la arma pesaba más que las leyes. La fuerza era más importante que la voluntad de cada uno, en particular, y de todos en general.

La ciudad había llegado al futuro.

 

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